viernes, 24 de octubre de 2008

Mediocridad y pedantería: no a Segismundo

En el post anterior anotaba mis razones para aplaudir al Maestranza por llevar a escena DoktorFaust, a cuya tercera representación, la de mañana sábado, espero acudir. Y en este me toca explicar por qué me parece muy mal que se programe la ópera Segismundo de Tomás Marco, que ya pude sufrir hace años en el Villamarta de Jerez y que esta noche se ha ofrecido, al parecer en versión revisada y alargada (!), en el citado teatro sevillano.

Hay que programar música de nuestros días, sin duda; y hay que dar paso a la creación lírica de las últimas décadas, eso es un deber inexcusable para un teatro pagado con dinero público. Pero hay que hacerlo con buen criterio, porque si a la previsible dureza del lenguaje musical se une la mediocridad de la materia prima, la reacción negativa del público, más que justificada, puede terminar perjudicando a la aceptación de otras obras que sí merecen la pena. Curiosamente dos gestores de tan distante criterio como Francisco López y Pedro Halffter han coincidido a la hora de dar su respaldo a esta producción. La verdad, no me lo explico.

Lo diré con mayor contundencia que en mi crítica en Filomúsica (enlace): Segismundo me parece una mala ópera. Y me lo parece porque en ella se unen la profesionalidad carente de talento del mediocre Tomás Marco con el talento rebosante de pedantería del director escénico Gustavo Tambascio. El resultado es explosivo, con detalles aquí y allá de innegable interés, para que ocultarlo, pero chirriante por su pretenciosidad, narcisismo y falta de verdadera inspiración. Villamarta primero y Maestranza después no sólo se han tirado tierra en su propio tejado, sino que han puesto la zancadilla a la tan necesaria y deseada aceptación por parte del público de eso que llamamos "música contemporánea".

Recuerdo que José Luis Temes (gran e infravalorado director) hizo un magnífico trabajo y que el contratenor David Azurza estuvo bien, eso sí. Pero también que me llevé gran parte del tiempo riéndome en mi butaca de las disparatadísimas ocurrencias, musicales y dramáticas, que se veían en el escenario del Villamarta. No sé lo que pensaría de mí un señor mayor que tenía delante de mi asiento y que, para mi sorpresa, resultó ser Tambascio en persona. Supongo que se diría que soy un gilipollas. Llevaba razón, seguramente.

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