martes, 16 de junio de 2009

Barenboim en Schönbrunn

La noche del pasado 5 de junio ofrecía la Filarmónica de Viena su tradicional concierto en los jardines del palacio de Schönbrunn, con asistencia multitudinaria de aficionados vieneses y retransmisión televisada a cerca de sesenta países. Dirigía el evento Daniel Barenboim, quien no en balde ha arrasado con su Concierto de Año Nuevo: 100.000 compactos y 50.000 DVD se han vendido ya del evento, mal que le pese a quienes afirman que Barenboim es (la descalificación la leí hace años en la revista Scherzo) un “correcto pianista metido a director” (sic).


Dejo aquí unos apuntes sobre el concierto, que por cierto, según anuncia la propia web de la orquesta (enlace), va a ser editado comercialmente este mismo mes por Universal. La cosa va de temática nocturnal.

Pequeña música nocturna. Una interpretación de sonoridades robustas, aunque en absoluto carente de transparencia o elegancia, que sin duda le parecerá pesadota y fuera de estilo a los que les gusta un ese Mozart grácil, ingrávido, pimpante, afectado y hasta cursi que han puesto de moda muchos intérpretes recientes. A mí, aun tratándose por momentos de una interpretación demasiado seria, me ha encantado. La bellísima tímbrica de la Filarmónica de Viena (salvando ciertos problemas de empaste en los violines, sobre todo en el tercer movimiento) hace mucho por la excelencia de los resultados.

Noches en los jardines de España. Admirable la dirección, aunque no lo será para quienes prefieren una línea impresionista, afrancesada si se quiere, antes que el enfoque “romántico”, y desde luego muy español, que adopta nuestro artista, quien en cualquier caso hace gala de una elevado sentido del misterio y de un incontestable temperamento dramático: el clímax del primer movimiento es desgarrador. Revela además detalles orquestales muy interesantes. Por desgracia el Barenboim pianista (que nunca interpretó con limpieza ejemplar esta partitura) se muestra en esta ocasión torpe de dedos, lo que para muchos descalificará en gran medida su labor. No, desde luego, para quienes admiramos su calidez, su atención al matiz expresivo y hasta su “duende” en el fraseo.

Noche en el Monte Pelado. En la versión original de Mussorgsky, no en la de Rimsky. De esta edición de la partitura ya había por ahí al menos dos interpretaciones espléndidas en disco, las de Claudio Abbado. Barenboim no consigue el grado de limpieza de éste ni trata a las maderas de un modo tan incisivo, pero a cambio ofrece una sonoridad increíblemente oscura (¡de la Filarmónica de Viena, nada menos!) y genera una atmósfera opresiva a más no poder, lo que le viene muy bien no sólo a esta obra sino a la música de su autor en general. Tremendo.

Las mil y una noches. Buena interpretación, rotunda y muy alejada de la frivolidad. Ya se sabe que en principio no es un vals vienés lo más adecuado a Barenboim como director, pero en el referido Concierto de Año Nuevo (enlace) ya demostró ser capaz de interpretar de manera muy convincente a Johann Strauss II con un marcado carácter sinfónico sin caer en la pesadez ni en la excesiva opulencia.

Im Fluge. Una polca rápida del misma autor, interpretada con gran acierto como primera propina.

Barenboim_Firulete

El firulete. Barenboim acostumbra a ofrecer esta divertida pagina de José Carli en sus conciertos. En esta ocasión, además de dirigirla estupendamente, divirtió al respetable marcándose él mismo unos pasos de tango (ver foto) para explicar, precisamente, en qué consiste un firulete.

Sangre vienesa. Ahí es nada, una de las páginas más emblemáticas del “rey del vals” interpretada por un Barenboim en estado de gracia que, sin renunciar a la corpulencia y la fuerza dramática que al él le gustan en este repertorio, sonó totalmente idiomático con unos rubatos que, al contrario que en otras ocasiones, le salieron de maravilla. ¡Gran concierto!

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