viernes, 12 de junio de 2009

Klemperer, 1968: un Beethoven genial y necesario

Por fin ha pasado a compacto -añadiendo un Rameau registrado por las mismas fechas que sí había aparecido en este formato- una grabación larguísimo tiempo esperada. Eso sí, sólo se vende en Japón. Pero menos da una piedra, y además se puede descargar a través del eMule con sus carátulas y todo: por fin podemos disfrutar, remasterizada y en formato digital, de la Séptima de Beethoven que Otto Klemperer grabó en 1968 para EMI -en estudio- al frente de su magnífica New Philharmonia Orchestra. Es decir, de una de las más radicales, asombrosas y abiertamente geniales interpretaciones de la obra que uno puede encontrarse por ahí.

Klemperer_Beethoven_Rameau

Y que no se piensen, lo que no conoce bien a Klemperer, que se trata de un Beethoven “de la gran tradición”. Todo lo contrario. Y más aún cuando hablamos de los últimos años de la vida del inolvidable director (ochenta y tres contaba por entonces), en los que radicalizó sustancialmente sus peculiares planteamientos expresivos.

No es éste un Beethoven basado en los grandes conflictos sonoros que se derivan, a su vez, de los conflictos espirituales del atormentada alma del artista: nada que ver -en la forma, no tanto en el fondo- con Furtwängler y sus herederos. Pero tampoco es un Beethoven opulento, brillante y narcisista a la manera de un Karajan. Ni un Beethoven lírico, efusivo, flexible y natural como puede serlo el de un Kubelik (¡magistral precisamente su Séptima!) o el de un Bernstein. Ni un Beethoven electrizante y contundente en la línea de -salvando las distancias entre ellos- un Toscanini, un Solti, un Carlos Kleiber o un Gardiner. Lo de Klemperer es otra cosa.

Con el director de Breslau, la lógica de una solidísima, sobria y muy cerebral arquitectura se impone siempre sobre la seducción y (al menos en apariencia) sobre la emoción. El tempo es uniforme -lo que no quiere decir inflexible- y los arrebatos pasionales están descartados. La música fluye con extraordinaria lentitud pero con una fuerza interna verdaderamente insólita, sin el menor asomo de pesadez. La chispa, la gracia y la frescura no existen en este mundo sonoro, aunque sí un humor negro y una “mala leche” marca de la casa.

No hay el menor interés por la brillantez orquestal ni, menos aún, por la belleza sonora. Sí por la claridad: las maderas, incisivas y descarnadas, juegan aquí un papel fundamental, lo mismo que una robustísima cuerda grave, conformando esa sonoridad “granítica”, rocosa y muy empastada, a la que desde siempre se ha hecho referencia al hablar de este director. La densidad se masca desde la primera nota hasta la última.

Y, sin embargo, pese a este planteamiento “antirromántico”, Klemperer nos ofrece un Beethoven lleno de tensión sonora que no sólo apela al intelecto, descubriéndonos muchísimas cosas sobre la genial escritura beethoveniana, sino que también profundiza -y como pocos- en la dimensión filosófica de su música. Nuestro director consigue así la imposible cuadratura del círculo: la máxima hondura espiritual obtenida a través del más abstracto proceso intelectual.

Si todos estos principios los encontrábamos ya en su ciclo de las sinfonías beethovenianas con la Philharmonia Orchestra registrado para EMI unos años antes (el Klemperer joven, mucho ojo, había sido otra cosa), en este registro de 1968 los lleva a sus máximas consecuencias. La presente Séptima es cualquier cosa menos una alegre y jovial “apoteosis de la danza”. El primer movimiento, aun lleno de energía, resulta más dramático que desenfadado. El Allegretto, llevado a un tempo lentísimo, es auténtica llama fría y posee una incontestable grandeza espiritual.

El Scherzo es, por su terrible severidad, lo más radical y discutible de la interpretación, pero a cambio ofrece un trío de una creatividad y fuerza dramática espeluznantes. Y en el Allegro con brio Klemperer no necesita sacar -como hacen tantos- al Séptimo de Caballería para acumular una tensión implacable.

No es éste quizá el mejor Beethoven posible. Ni, desde luego, el más recomendable para quienes se empiecen a adentrar en este mundo. Pero es un Beethoven abiertamente genial. Y ahora que parecen imponerse planteamientos frívolos, despreocupados y superficialmente seductores para semejante repertorio (de “limpieza” hablan algunos, de “humanización” lo hacen otros), es un Beethoven necesario. Más que nunca.

8 comentarios:

citizen dijo...

Klemperer era en los años 50 un director de relleno, salvo su maravillosa segunda de mahler en Amsterdam,lo demas que grabó es bastante malo,sobre todo esa cuarta de Bruckner llevada al galope con la sinfonica de Viena.
Tras recoger el testigo de Karajan en la Philarmonia, moldeó su propio sonido y legó interpretaciones, a veces radicales, como la 7 de mahler,que es maravillosa,y otras como la octava de bruckner que dan ganas de salir huyendo.
Esperemos se reediten mas cosas, pero no en Japon.

FLV-M dijo...

Hombre, yo o diría "bastante malo", pero sí "poco personal", "normalito", etc. Es verdad que fue hacia 1955-57 cuando pegó el gran cambio a mejor. Y cuando más años pasaban, más radical se volvía Qué tío.

Gino dijo...

Esta Séptima palidece frente a la monoaural que grabó en los 50.

FLV-M dijo...

Me cuesta trabajo pensar que ninguna Séptima haga "palidecer" a ésta, ni siquiera una del propio Klemperer.

Sergio dijo...

Pues después de esperar más de una semana a que se me bajara del emule, he conseguido escuchar esta séptima por el viejo Klemperer y he sentido algo parecido a cuando escuche por vez primera su "heroica", hace mas de 20 años de eso; me parece una interpretación absolutamente imprescindible, maravillosa, me ha hecho redescubrir esta sinfonía, aunque hay que comprender que para iniciarse a la obra no sea la más conveniente, paradogimamente. un saludo.

FLV-M dijo...

Totalmente de acuerdo, Sergio. Para iniciarse, en absoluto. Pero una vez que se conozca la obra... ¡imprescindible! Lástima que no la distribuyan en Europa.

Nemo dijo...

La Octava de Bruckner de Klemperer es magnífica. El único horror son los cortes del final.

Nemo dijo...

En cuanto a cómo era o dejaba de ser Klemperer antes de recalar en Londres... la verdad es que sabemos muy poco. Por entonces era un trotamundos, las grabaciones son fragmentarias y no conocemos en qué condiciones se hicieron. Creo que no se puede tener una imagen clara de lo que era Klemperer antes de que empezara a grabar con comodidad, con una gran orquesta e inmejorables condiciones técnicas.

Además, algo tendría cuando Walter Ledge le puso al mando de "su" Philharmonia, y le mantuvo ahí grabando a mansalva desde los años 50.

Creo que hay que revisar eso de que Klemperer "cambió" de repente justo cuando se puso a grabar para EMI. No cuadra.