sábado, 11 de septiembre de 2010

Mediocre Oneguin del Bolshoi en Madrid

Comenzar la temporada del Real con una visita de las huestes del Bolshoi para hacer Eugenio Oneguin ha sido una apuesta personal de Gérard Mortier. Y en él, por ende, descansa buena parte de la responsabilidad por el monumental fracaso artístico de la que ha sido una de las más aburridas veladas operísticas que he presenciado en el teatro madrileño, si no la que más. Bien es verdad que el belga no podía estar seguro de la calidad de los diferentes elencos que iba a traer el teatro ruso, pero sí que conocía bien la propuesta escénica de Dmitri Tcherniakov, a la que ha alabado como modelo de lo que debe ser una buena producción de ópera.

Una escena fallida

El planteamiento de Tcherniakov gira en torno a la inadaptación: de Tatiana en el primer acto, de Lensky en el segundo y del propio Oneguin en el tercero. No es mala idea, en principio, como tampoco lo es la omnipresente mesa repleta de invitados en torno a la cual deambulan sin fortuna los tres citados personajes en una época más o menos indeterminada. El problema es que a la postre dicha idea, pese a estar soberbiamente realizada mediante una minuciosa dirección de actores, una hermosa escenografía, un cuidado vestuario y una sensible iluminación, no funciona en absoluto. Intentaré explicar por qué.


En primer lugar, Tcherniakov se equivoca al intentar convertir los momentos de la obra más apegados a las convenciones en escenas digamos "realistas". Así por ejemplo, las arias de Lenski son aquí poesías leídas en voz alta, para integrar así en una narrativa digamos "creíble" la artificiosidad literaria de su condición. Los cantos campesinos se convierten en canciones tradicionales con que se divierten los invitados al banquete. Y el soliloquio del protagonista se transforma en todo un discurso fuera de tiesto dado ante una audiencia más bien atónita. Tcherniakov olvida que la ópera decimónica tiene sus reglas, y que esas convenciones tienen que ser respetadas (con más o menos creatividad, ese ya es otro asunto) so pena de que el resultado chirríe considerablemente, que es lo que pasa aquí. Por no hablar de las abiertas contradicciones entre lo que se ve y lo que se oye: lo de Madame Larina diciendo a sus elegantes invitados que "han trabajado muy bien" es para partirse de risa.

En segundo lugar Tcherniakov no logra decir nada nuevo sobre los personajes en cuestión. Sí, vale, tres inadaptados, pero tres inadaptados sobre los que se nos cuenta bien poco. Ya sabíamos por el libreto que Tatiana es una soñadora. Que Lenski es más temperamental que su amigo. Y que Oneguin está hastiado de la vida. Pero aquí no solo no se nos explican los porqués, sino que no se atiende a la decisiva evolución psicológica de la pareja protagonista.

En tercer lugar, la propuesta escénica no resulta adecuada para un teatro de grandes dimensiones como el Real. Diré más: no funciona en un teatro, así en general. En una televisión los primeros planos nos permiten atender a los principales personajes y los planos intermedios a la minuciosidad del tratamiento de los secundarios, como puede comprobarse en el doble DVD editado por el sello Bel Air. Pero cuando las cosas se plantean para ser vistas desde la butaca de un teatro hay que ser muy cautos a la hora de mover a los cantantes. No se trata, claro está, de ponerles en el centro de la embocadura del escenario bajo un cañón de luz cada vez que han de cantar un aria, ni muchísimo menos. Se trata de tener la habilidad de conjugar la atención a los matices en el tratamiento de las grandes masas con la perfecta inteligibilidad de la acción por parte del público. Algo que por ejemplo conseguía el gran Harry Kupfer en los diferentes títulos de Wagner que se vieron en Madrid con Barenboim, particularmente en Maestros Cantores. O que consigue en su Fanciulla del West Gian Carlo del Monaco, un nombre que Mortier no quiere ni ver en el Real (y más vale que así sea, porque el choque de divismos podría ser explosivo). Pero el joven Dmitri Tcherniakov no sabe hacerlo, así de claro, y el resultado es que el espectador permanece distanciado de la acción desde el primer momento.



Hay más cosas. ¿Es necesario que la muerte de Lenski sea un accidente? La figura de Oneguin pierde así parte de su imprescindible vileza. Tampoco parece muy convincente que la "fuerza vital" que irradia Tatiana durante la escena de la carta haga... ¡saltarse los plomos de la luz y romperse los cristales de las ventanas! La señora de avanzada edad que se emociona durante el "Kuda, kuda" rompe con su comicidad la infinita poesía de la música. Por si fuera poco la desmitificadora escenificación de la célebre Polonesa, con un Oneguin que intenta sin éxito una y otra vez encontrar una silla para el banquete, resulta redundante y de un humor tan primario como fuera de lugar.

Tampoco voy a regatearle al regista ruso algunas buenas ideas. Por ejemplo, la distancia que separa a Oneguin y Tatiana en la mesa, y la manera en la que en el último acto estos han intercambiado sus posiciones en la misma. O la muy acertada presencia de Gremin en el último cuadro, y la propia resolución de este con Oneguin intentando ridículamente suicidarse. Pero el conjunto, insisto, resulta frío, muy poco interesante y a la postre aburrido.

En la tienda del Real me encontré con el libro -recién publicado en castellano- escrito por Gérard Mortier contándonos su visión del mundo operístico. Pues miren ustedes: habida cuenta de que al belga este Oneguin le parece modélico, me ahorraré leer el panfleto.


Mediocridad musical

Muy decepcionante el nivel de las huestes del Bolshoi, al menos en la velada del viernes 10 de septiembre. Para empezar la orquesta ofrece evidentes desequilibrios: los chelos son muy hermosos y las maderas no están nada mal, pero los violines carecen de empaste y los metales son muy pobres, particularmente los trombones. Claro que la cosa hubiera estado mejor si hubiera dirigido quien lo hizo en las funciones parisinas recogidas en DVD, el correcto Alexander Vedernikov, porque al señor Dimitri Jurowski la orquesta le suena peor.


Por su fuera poco el hijo del estimable Mihkail y hermano del gran Vladimir (a quien le conozco un excelente Oneguin con Chernov, dicho sea de paso) parece ser la oveja negra de la familia. A Dimitri no solo le sonó regular el foso, sino que dirigió el título de Tchaikovski con el piloto automático puesto, aun procurando, eso sí, soltar algún bramido en las trompas y varios mamporrazos en los timbales para que se notara su presencia. El coro es excelente, aunque aún esperaba más de él.


Ekaterina Scherbachenko posee una buena y bien proyectada voz de lírica pura. Canta con corrección y ofrece algunos detalles de artista. La evolución de Tatiana se le escapa (en el dúo final debe poseer mucha más autoridad), pero la encuentro preferible a la bellísima pero musicalmente sosa Tatiana Monogarova del DVD, a quien se está viendo aquí en el primer reparto. Claro que Mariusz Kwiecien, también en la filmación y en el primer elenco madrileño, alcanza al menos una corrección de la que anda muy lejos el Oneguin que me tocó ayer viernes, un Vladislav Sulimski al que sencillamente no se oía. Peor aún el Lenski de Andrew Goodwin, una vocecilla insignificante que oscilaba entre trémolo y el falsete. Que ofreciera algunos muy hermosos reguladores en su "Kuda, kuda" no redime su bochornosa actuación. Al menos fue muy digno el Gremin de Alexander Naumenko, cantado con mucha corrección y cierta sensibilidad. Pero sirvieron de poco sus cinco minutos de aria en este primer y rotundo fracaso de la temporada Mortier. Esperemos que la cosa mejore con Mahagonny, porque si no...

7 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Cuán sabio eres Fernando! Lástima que no dirijas tú estos espectáculos mediocres que criticas. Seguro que los españoles saldríamos definitivamente de la incultura en que nos hallamos y que, en nuestra inmensa ignorancia, nos permite disfrutar de conciertos de tan mala calidad. Asimismo, ¡desaparezcan estos intérpretes que dedican inutilmente su vida y su tiempo a estudiar y se arriesgan inconscientemente a subir a los escenarios con el fin de engañar al público! Desde tu silla, desde tu estudio, desde el conocimiento que eres capaz de extraer de tu discoteca, arriesgas tu persona comentando la incompetencia y la esterilidad de tantos artistas que pierden sus vidas intentando hacer lo mejor de su arte.
¡Loado seas, gran sabio!

FLV-M dijo...

Me encanta su manera de argumentar, con esos argumentos tan sólidos y profundos. Haría usted furor en un debate moderado por Belén Esteban.

Anónimo dijo...

El que se sube a un escenario está expuesto tanto a la crítica-sobre todo si es educada y argumentada como ésta-como al aplauso, y da igual el tiempo que se hayan pasado los cantantes sacando brillo a su voz. A ver si es que nadie se va a poder expresar públicamente en este país, máxime cuando se hace desde un género con tanta solera como la crítica, necesaria para reflexionar sobre espectáculos públicos como la ópera.

XS dijo...

Estimado colega,
yo también padecí la misma función del día 10, aunque al ser mi primera ópera en el Real (ya me vale!) la novedad del momento hizo que me consolara en algo. Totalmente de acuerdo con todos tus comentarios y como también me he atrevido a hacer mis pinitos en esto de la crítica, y si no tienes nada mejor que leer, te invito a que leas mi entrada del blog (creo que ya lo conoces).
Un saludo.

FLV-M dijo...

Gracias. Coloco aquí el enlace de tu comentario para quien quiera leerlo (cosa que recomiendo). Espero que tu próxima visita el Real sea más satisfactoria (muy recomendable el Rosenkavalier: pedazo de producción escénica y gran batuta). Un cordial saludo.

http://xavisuescun.blogspot.com/2010/09/118-chaikovski-evgeni-onegin-madrid.html

Ariodante dijo...

El libro de Mortier recién publicado en traducción castellana no es "un panfleto" sin más. Hay cosas con las que no estoy de acuerdo, pero de verdad que el libro merece una lectura. Descalificarlo sin leerlo… eso no.

FLV-M dijo...

Tiene usted razón, Ariodante. Pero comprenda usted que vine "calentito" de Madrid. Ir al Real me supone un esfuerzo económico grande: 50 euros de gasolina, otros 45 para el alojamiento (hostal, of course), 30 para la entrada (taburete de pie es lo que me puedo permitir con mi economía de funcionario de la enseñanza), más las comidas y demás... Y luego me encuentro con un espectáculo flojísimo en el que, además, se han gastado una enorme pasta de nuestros impuestos, y todo ello para satisfacer, según he leído por ahí, un compromiso previo que tenía Mortier de su no-etapa neoyorquina.

Desde este humilde blog he aplaudido a Mortier en varias ocasiones, como también le he dado caña cuando lo he creído necesario. Hay cosas de él que me parecen interesantísimas, pero también actitudes que no me gustan. Entre ellas su marcadísimo divismo. De ahí mi (des)calificación, reconozco que apresurada, del libro ad maioren gloriam suam, que procuraré leer si él me lo regala, porque el poquísimo dinero que me queda lo necesito para ir al Mahagonny y a los otros epectáculos del Real, cuya temporada me parece, por cierto, la más interesante del año en España. Un saludo.