jueves, 9 de septiembre de 2010

El Oneguin de Barenboim en Salzburgo

Con motivo del Eugenio Oneguin que las huestes del Bolshoi han traído al Teatro Real de Madrid, he visto el doble DVD editado -con excelente imagen y sonido- por Deutsche Grammophon que recoge la producción que se ofreció en el Festival de Salzburgo en el verano de 2007 bajo la dirección musical de Daniel Barenboim. Me ha gustado más ahora que cuando vi la retransmisión televisiva en directo, por dos motivos. El primero, que al recogerse aquí no una sola función sino lo mejor de varias diferentes, se han podido corregir algunos baches con respecto a lo que se apreció en directo, sobre todo en lo que a las voces de Tatiana y Lenski se refiere. El segundo, que he encontrado ahora más valores positivos en la singular propuesta escénica de Andrea Breth.

Es verdad que la introducción de elementos conceptuales (el hoyo donde el aya decide enterrarse a sí misma, por ejemplo) dentro de esta propuesta más bien naturalista no termina de funcionar. Y también es cierto que la sordidez de las fiestas en la que pierden su tiempo los miembros de la nomenklatura -la acción se traslada a los últimos años del comunismo soviético- no casa bien con la música: si Tchaikovski hubiera querido crear una atmósfera decadente así lo hubiera hecho, pero lo que compuso demanda elegancia y brillantez en la escena.



Pero a pesar de lo dicho hay muchas aportaciones de interés en esta producción, sobre todo en lo que a la definición de los personajes y a su evolución se refiere. Oneguin es aquí un playboy particularmente desagradable, y su progresiva decadencia moral está perfectamente narrada. Tatiana se muestra más decidida y menos ingenua que de costumbre. Lensky luce una gran cicatriz en la cara que nos habla de su espíritu pendenciero, lo que explica mejor el destino del personaje. Monsieur Trinquet está tratado de manera caricaturesca, lo que parece un acierto a la hora de plantear su aparición en la fiesta. Y en Gremin se aprecian detalles de -al mismo tiempo- autoritarismo y sensatez que le alejan de la mera figura del cornudo despistado. Las masas de trabajadores (aquí proletarios más que campesinos) también presentan menos ingenuidad que de costumbre. Que los apuntes de crítica sociopolítica resulten innecesario (¿para qué demonios aparece Vladimir Putin bailando la Polonesa?) no resta fuerza a esta producción no redonda, pero sí con suficientes elementos de interés como para merecer un visionado.

Musicalmente también merece la pena conocerse. Sobre todo por la, pese a los reparos que luego veremos, muy interesante dirección de Daniel Barenboim. Trabajando con enorme plasticidad a una Filarmónica de Viena que luce -cómo no- hermosísimos violonchelos y solistas de musicalidad portentosa, y de la que extrae adecuados tintes ocres, el de Buenos Aires ofrece una personal recreación en la que, como era de esperar, los aspectos más dramáticos y encendidos de la partitura reciben una especial atención. Impresionante en este sentido el dramatismo alucinado con que concluye el primer cuadro del acto II, así como el carácter ominoso del arranque del cuadro siguiente. Apasionadísimo el momento en el que el protagonista por fin se enamora, concluyendo la ópera en un dúo de enorme tensión dramática y desesperación. Ni que decir tiene que Barenboim no confunde estos conceptos con el nerviosismo, la agitación gratuita, el exceso decibélico y los arranques de mal gusto, como sí le ocurre a Valery Gergiev en su recreación en el Met (cuyo DVD interesa bastante por la Tatiana de la Fleming, dicho sea de paso).





¿Reparos? A Barenboim se le nota mucho cuando una música no le interesa, y eso justamente es lo que ocurre aquí con las danzas del segundo y tercer acto y, en menor medida, con las canciones campesinas del primero. Están dichas con energía y hasta con entusiasmo, eso es cierto, pero de prisa y corriendo, sin querer deleitarse en los aspectos más lúdicos, desenfadados y digamos “decorativos” de las mismas. En la noche del estreno la célebre Polonesa resultó particularmente precipitada y violenta, lo que quizá pudiera encajar con lo que pasaba en la escena, pero no con lo que la música parece pedir a gritos, que es elegancia, brillante y delectación melódica. La lectura que se ha incluido en el DVD es otra igualmente enérgica pero menos atropellada y, por ende, más convincente. Esa es la que le ofrecemos un poco más arriba por cortesía de YouTube.

Peter Mattei ofrece un muy digno Oneguin en lo vocal -haría falta una mayor riqueza psicológica- que se beneficia de sus excelentes dotes de actor. Su atractivo físico es perfecto para el personaje, como también le ocurre a Anna Samuil, no particularmente voluptuosa en sus curvas pero dueña de unos labios carnosos y de una mirada de lo más sugerente. La artista rusa, soprano lírica de buena línea aunque no del todo ancha en el grave, canta por lo demás bastante bien y compone una Tatiana centrada en lo expresivo y algo sosa. El Lensky de Joseph Kaiser tampoco es muy personal, si bien luce buena voz y llega a emocionar en su “Kuda, kuda”. Todos los demás realizan una notable labor, aunque quien se lleva el gato al agua es un Ferruccio Furlanetto regular de voz pero tocado por la inspiración divina: aquí va el vídeo para que lo comprueben por ustedes mismos. En resumen, un Oneguin bastante recomendable.



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