martes, 7 de septiembre de 2010

Rigoletto desde Mantua

Dos palabras sobre el Rigoletto producido por Andrea Anderman que TVE y decenas de televisiones más han ofrecido desde los presuntos lugares de la acción y en los tres momentos del día en los que se supone que transcurre el drama. Pero antes me permito recordar tres circunstancias que deberían ser obvias pero que algunos parecen olvidar. Primera, que la función era en riguroso directo, y que por ende los cantantes tuvieron que actuar a horas intempestivas y sin ir calentando la voz como se hace en una función normal, y cantar escuchando a la orquesta a través de auriculares mientras miraban al maestro Zubin Mehta a través de monitores: no hace falta insistir en la dificultad adicional que les habrá supuesto todo ello. Segunda, que al tratarse de una función en vivo era imposible que se realizara un montaje con un mínimo sentido cinematográfico, como sí ocurría, por ejemplo, en la notable filmación del gran Jean-Pierre Ponnelle (enlace). Tercera, que como la naturaleza del espectáculo pedía sacar el mayor partido posible de los escenarios naturales, particularmente de los dos palacios de Mantua escogidos para la ocasión, la realización por fuerza tenía que estar pensada antes en "hacer bonito" que en narrar una historia. Dicho esto, al grano.

Lo mejor (aparte de la incomparable música verdiana) ha sido la vertiente plástica del evento, es decir, los hermosísimos interiores fotografiados por el veterano Vittorio Storaro con gran acierto, pese a que se las tuvo que ver con contraluces muy fastidiosos. Por desgracia desde el punto de vista de la narración visual la cosa no funcionó: insisto en que era imposible pedir un montaje decente dadas las circunstancias y que, además, la filmación tenía que estar supeditada a la exhibición de los palacios mantuanos, pero aun así el director Marco Bellocchio ha mostrado una manifiesta torpeza a la hora de colocar la cámara, plantear travellings y hacer gala de contrapicados. Sobraban además primerísimos planos que terminaban "asfixiando" la narración.

Desde el punto de vista teatral, es decir, en lo que a la concepción de personajes y situaciones se refiere, el resultado fue de una gris corrección. Todo estaba en su sitio, pero nada desprendía verosimilitud dramática. No solo no había dirección de actores, sino que nadie había por allí para explicarle los miembros del coro que las cara de "malo de opereta" estaban fuera de tiesto: una cosa es el teatro y otra muy distinta una filmación a base de primeros planos. Los protagonistas actuaron a su aire, unos bien y otros mal. En fin, un producto fílmico tan vistoso como insustancial. En cualquier caso es de esperar que la edición en DVD corrija algunos errores de bulto y haga la narración algo más fluida.



De la dirección de Mehta no puedo decir gran cosa porque el televisor en que presencié el espectáculo (que no es el conectado a mi equipo de música) comprimía muchísimo el sonido. Parecía en todo caso una buena realización, ortodoxa y muy sensata, de elevadísimo sentido teatral, llevada con buen pulso y con algún acierto parcial (la lentitud del "Tutte le feste") de notable interés. La Orquesta de la RAI daba la sensación de no estar en muy buena forma.

Muy digna la Gilda de Julia Novikova, ideal por su físico para el personaje y dotada de una voz bonita que maneja con gusto y buena línea belcantista, aunque tenga sus más ("Caro nome") y sus menos (dúo final) desde el punto de vista técnico. Lástima que resulte insulsa y se le escape por completo la evolución psicológica de su personaje. Como actriz, además, deja mucho que desear.

Vittorio Grigolo hizo un atendible Duque de Mantua. No le he encontrado aquí las feas vibraciones que enturbiaron su Alfredo valenciano con Maazel (enlace) y sí una línea luminosa, extrovertida, valiente y muy italiana. Los que más me gustó fue su "Parmi veder le lacrime" (aria que no se merece tan repugnante personaje, dicho sea de paso), cantada con poesía y sensatamente rematada en su cabaletta sin ese feo sobreagudo con el que algunos pretenden lucirse. Sí lo hubo en el "pensier" de "La donna è mobile": bien que se lo podía haber ahorrado, porque ahí estuvo regular. El chico promete, pero le queda muchísimo por recorrer en lo técnico y en lo expresivo. Nino Surguladze dio menos de lo que su espectacular físico prometía: su emisión cavernosa y su concepción más truculenta que erótica de Maddalena no terminaron de convencer.

Bueno, ¿y Plácido? Pues logró lo imposible: cantar Rigoletto con voz de tenor, y hacerlo además con una edad ya venerable y después de haber superado una fastidiosa enfermedad. ¿Lo cantó bien? No. La voz, aun beneficiándose del milagro de ser aún hermosísima, no puede con las exigencias del personaje, tanto por la densidad de la pasta vocal como por -obviamente- las insuficiencias de su registro grave, en el que aparecían de vez en cuando sonidos no precisamente ortodoxos. Además no se encontraba Domingo en buena forma este fin de semana: el fiato, que ya le causó algunos problemas en el -con todo- espléndido Siegmund que le vimos en Valencia, se le ha quedado cortísimo. Con los pasajes de bravura no puede: su Vendetta resultó penosa, tanto como la de Leo Nucci en ese incomprensiblemente aclamado bis en el Teatro Real. Además al tenor madrileño le queda bastante para ofrecer todos los perfiles psicológicos de su maravilloso personaje: en la escena inicial las bufonadas sonaron sin la ironía y malicia imprescindibles. Y sin embargo...

Sin embargo Domingo se merendó a sus compañeros. Sencillamente porque frente a un grupo de "trabajadores del canto" (que diría un amigo) tan correctos como insulsos se encontraba un verdadero monstruo de la ópera. Un señor que sale a escena y que, sin la necesidad de hacer aspavientos, logra mediante el magnetismo de su canto que todo gire en torno a él. Un señor que frasea con una calidez, una musicalidad y una sinceridad incomparables. Un señor que sabe dónde y cómo acentuar, cómo decir una frase y hasta una palabra concreta, e incluso cómo hacer las trampas vocales cuando ello es -como en este caso- necesario. Hubo, entre pasajes dichos un tanto de pasada y otros donde la voz no daba para más, momentos de emoción, de muchísima emoción, en su encarnación del jorobado. Momentos de canto "de verdad", de canto teatral, de canto con sentido dramático, de eso mismo que "inventó" Monteverdi y que da sentido último al género operístico. ¿Hace todo esto bueno el Rigoletto de Plácido? No, pero ayuda a colocarlo en el lugar que se merece, que no es -como le gustaría a más de uno- el cubo de la basura.

De Ruggero Raimondi se puede decir tres cuartos de lo mismo: este señor nunca ha sido un bajo, que es lo que demanda Sparafucile, y además vocalmente está para el arrastre, pero canta con inteligencia, musicalidad y -sobre todo- intención. Encima es un actor (¿descubro algo nuevo?) como la copa de un pino: aquí sí que se agradecieron los primeros planos de la realización. Solo por estos dos artistas singulares ya merecía la pena ver este espectáculo. Por si quienes no lo vieron quieren hacerse una idea por sí mismos, aquí va una muestra. Espero que les guste.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todo mediocre. También el tenor madrileño. No se le puede destacar aparte de sus compañeros porque él más que nadie fue copartícipe de este esperpento audiovisual sin precedentes en el mundo de la ópera. Si tantos inconvenientes presentaba la propuesta (la orquesta les llega por un pinganillo, no ven al director,etc) que no hubieran cantado