jueves, 6 de junio de 2013

Solti, el viaje de una vida

Celebrando los cien años del  nacimiento del inolvidable maestro húngaro, el sello Cmajor ha editado un documental sobre la figura de Sir Georg Solti que se acompaña de un concierto con la Sinfónica de Chicago hasta ahora sin editar en ningún formato. Son 52 y 54 minutos respectivamente, con sonido PCM estéreo en ambos casos y subtítulos en castellano. El precio es caro: a 46 euros se vende el Blu-ray en España, aunque yo le he conseguido pidiéndolo al extranjero por 17 más gastos de envío. Por esa cantidad creo que sí merece la pena.


El documental, que dirige Georg Wübbolt, está bastante bien en su brevedad: ameno, bien narrado, no excesivamente laudatorio, equilibrado a la hora de abordar todas las etapas del director, salpicado por divertidas anécdotas (cada vez que iba a grabar una obra, Solti pedía que le pasaran una versión de Karajan) y sin escurrir el bulto sobre determinadas cuestiones espinosas. Por ejemplo, el hecho de que haberse mantenido ajeno al régimen nazi –Sir Georg era de origen judío– fue una enorme baza a su favor tras la Segunda Guerra Mundial, toda vez que muchos de los grandes directores de Europa central estaban “contaminados” y por ende no disponibles. O su buena amistad con homosexuales como John Culshaw al tiempo que ejercía –esto era vox populi pero nadie hasta ahora se había atrevido a decir en público– de verdadero depredador de féminas. O su fracasos frente a la Orquesta de París –se echa la culpa a la calidad de la formación francesa– y en el Anillo de Bayreuth. Los fragmentos de entrevistas incluyen, además del propio Solti, a figuras como su última esposa, Christoph von Dohnányi, Dale Clevenger o Norman Lebretch, aunque curiosamente quien más da en el clavo es Valery Gergiev: “un fuego enorme controlado con absoluta frialdad”. Pues eso.


El concierto se filmó en el Orchestra Hall de Chicago entre el 17 y el 19 de octubre de 1977. La imagen es buena para ser televisiva y de esas fechas, aunque lejos de resultar satisfactoria para los paladares de hoy día. La toma sonora, estereofónica, deja que desear: las grabaciones en audio de esta misma época para Decca sonaban muchísimo mejor. De todas maneras, los resultados artísticos son elevados en este programa dedicado íntegramente a compositores rusos: Mussorgsky, Prokofiev y Shostakovich, este último nada frecuentado por Sir George en aquellas fechas.

La velada se abre con un preludio de Khovanshchina todo lo vibrante y teatral que puede esperarse en el maestro, quien no se permite a sí mismo quedarse en éxtasis ante los aspectos contemplativos de la página –recreados, en cualquier caso, con emocionante lirismo– y se preocupa más bien de subrayar los rasgos más angulosos e inquietantes de la escritura mussorgskiana. La musicalidad de los solistas de la orquesta, por aquel entonces en el cénit de su virtuosismo, tiene mucho que ver con la excelencia de los resultados.


La Sinfonía Clásica de Prokofiev es posterior solo año y medio a la descomunal recreación de Giulini con la misma orquesta. Resulta asombroso cómo la formación norteamericana es capaz de poner su referido virtuosismo –increíbles las maderas– al servicio de una lectura no ya muy distinta sino conceptualmente opuesta, aunque no menos defendible en su planteamiento que la anterior: frente a la cantabilidad, el humanismo, la sensualidad y el humor más bien soterrado del italiano, la extroversión, la incisividad, la picardía, la inmediatez y la frescura irresistibles del maestro húngaro, quien tampoco se queda precisamente corto a la hora construir el edificio de tensiones y de clarificar texturas, al tiempo que sabe ser elegante a su manera, esto es, sin abandonar la virilidad y el carácter decidido que le caracterizan. Falta, eso sí, un sabor más evidente a Prokofiev, así como una dosis mayor de creatividad y compromiso expresivo, sobre todo en los movimientos centrales. Curiosamente, en la posterior grabación en audio para Decca Sir George lo hará mucho peor.

La Primera Sinfonía de Shostakovich recibe una interpretación rápida, bulliciosa y chispeante, dicha con claridad y virtuosismo extremos, trazada con la adecuada electricidad interna y sin la menor concesión al efectismo, pero un tanto limitada en lo expresivo al no mirar más que a la etapa gamberra, extrovertida y humorística del Shostakovich juvenil –a veces parece que estamos escuchando la banda sonora de una cinta de animación– y, por ende, a desentenderse de la atmósfera inquitante y el pathos que subyacen en la partitura. Dicho de otra manera: espléndidos los movimientos iniciales, desaprovechados los dos últimos, que además Solti lleva con más rapidez aún que en su posterior versión en audio con la Orquesta del Concertgebouw. Aun así, recomendable.

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