martes, 14 de abril de 2015

Los conciertos de Schoenberg por Boulez y los Barenboim

El nuevo lanzamiento de Peral Music ofrece los conciertos para piano y violín de Arnold Schoenberg, tomas en vivo correspondientes a junio de 2005 y mayo de 2012 respectivamente. Entre sus intérpretes no es protagonista Daniel Barenboim, que toca el primero y dirige el segundo. Tampoco lo son Pierre Boulez en el podio para la op. 36 y Michael Barenboim al violín en el op. 42. Lo es la Filarmónica de Viena, por la razón de que es la primera vez que la mítica formación austriaca toca estas obras que, por mucho que fueran compuestas ya en California, son suyas por derecho propio: recuérdese que hablamos del vienés Schoenberg y de la II Escuela de Viena.

 
No hace falta decir que en ambos casos la Wiener Philharmoniker está magnífica y deja bien claro su pedigrí (dice Barenboim en el vídeo promocional que ella se reconoce a sí misma en esta música), aunque ciertamente para recoger toda su belleza se hubieran deseado tomas de sonido superiores a estas de procedencia radiofónica que, siendo muy buenas, no terminan de estar a la altura de las circunstancias. ¿Hubieran mejorado si en vez de venderlas a través de iTunes, es decir, con compresión, se comercializaran en formato FLAC de alta resolución, como tantas otras grabaciones de hoy día? Probablemente no se arreglarían las limitaciones de origen, pero sí que se ganaría en plasticidad, en relieve de los sonidos graves y en inmediatez sonora.

Las interpretaciones, con semejantes intérpretes de por medio, no podían ser sino de gran altura, pero conviene realizar comparaciones. La del Concierto para piano a cargo de Pierre Boulez y Daniel Barenboim  tiene que sufrir la competencia no solo de las que ya comenté de Alfred Brendel con Kubelik y de Pierre-Laurent Aimard con Bělohlávek, sino también de la que el propio Boulez y Mitsuko Uchida registraron para Philips en el año 2000 con sensacional toma sonora. El compositor y director francés tiene asimismo otra más antigua con Peter Serking, que desconozco, y además circula una toma radiofónica precisamente con Barenboim del mismo año de su registro con Uchida, que recuerdo como mucho más visceral que la recreación junto a la japonesa; por desgracia no he podido volver a escucharla, porque he perdido mi copia.



Ahora he escuchado un par de veces tanto la grabación de Philips como esta de Peral Music, así como las de Kubelik y Bělohlávek. No me es fácil en absoluto escoger (¡me sigue costando mucho entrar en la obra!), pero quizá me quedo con esta nueva interpretación de 2005. La dirección es Kubelik es la más visceral e inmediata, la más claramente expresionista, y por ende la menos rica en significaciones. Boulez le iguala en incisividad y le supera claramente en claridad, al tiempo que sin renunciar a su proverbial objetividad, presta mayor atención a los aspectos líricos de la partitura y a las sutilezas tímbricas, sobre todo en la interpretación con Barenboim, algo más lenta y paladeada –con la excepción del segundo movimiento– que la que grabó con Uchida, y gracias a ello más clara y dotada de mayor cantabilidad. La dirección de Bělohlávek la encontré sensacional la primera vez que la escuché, pero ahora no me parece la mejor de todas: su manera de combinar fogosidad, sensualidad y sentido teatral resulta admirable, como es también increíble la lección de los músicos de la Filarmónica de Berlín, pero en la última recreación de Boulez se escuchan más cosas y se ofrecen mayores sugerencias.

El pianista más temperamental, percutivo en su sonido pero no por ello precisamente incapaz de plegarse a las sutilezas, es Pierre Laurent-Aimard, quien quizá no termine de profundizar en todos los aspectos posibles de la partitura. Sí lo hace Barenboim, quien curiosamente se acerca a la postura lírica de Alfred Brendel en la grabación con Kubelik, solo que enriqueciéndola de manera considerable. Su piano suena menos denso de lo que en él resulta habitual, y su fraseo, aun ofreciendo clímax de ese desgarro dramático tan propio del argentino, es riquísimo en acentos líricos, está atento a las texturas digamos que “aéreas” y llena de cantabilidad y significación expresiva a muchas frases. Uchida, situándose en un punto intermedio entre ambos, sin duda está magnífica, sin llegar a la temperatura emocional del francés ni a la riqueza expresiva del de Buenos Aires.

En el Concierto para violín, obra extremadamente difícil de tocar –no digamos de escuchar– no puede uno dejar de tener ciertos reparos ante las posibilidades de Michael Barenboim, un chico al que hemos visto crecer año tras año en la Orquesta del West-Eastern Divan que aquí se atreve con una obra con la que, sencillamente, no se han enfrentado muchos de los más grandes violinistas (Heifetz lo consideraba imposible de tocar). Los reparos se confirman parcialmente: sería preferible un sonido más sólido y carnoso que el suyo, así como mayor seguridad en determinados pasajes de la endiablada partitura, sobre todo si comparamos con el magnífico Zvi Zeitlin en la versión de Kubelik que ya comenté, y no digamos que con la sensacional Hilary Hahn, en la magnífica interpretación grabada junto a un visceral y analítico  Esa-Pekka Salonen en 2007 para Deutsche Grammophon.

Ahora bien, hecha esta importante pero no decisiva apreciación, lo cierto es que Barenboim hijo demuestra ser un gran recreador de la partitura por la sinceridad, riqueza de colores y sutilezas en el matiz de que hace gala, pero sobre todo por su variedad expresiva, no centrándose solo en los aspectos más ardientes y desgarrados de la obra, sino atendiendo también a lo que esta tiene de lírico y reflexivo.

A su padre le pasa algo parecido en el podio; no está aquí todo lo visceral, oscuro y desgarrado que se pudiera pensar –aun así, ofrece momentos verdaderamente escarpados–, mientras que presta especial atención a colores y texturas, así como a toda la riqueza humanística que la página alberga, fraseando además con holgura y aclarando el entramado orquestal de una manera admirable. Una interpretación, en suma, alejada de lo meramente intelectual al tiempo que muy plural en su enfoque, y por eso mismo reveladora.

Resumiendo: en el Concierto para piano me quedo con Barenboim/Boulez, tanto por el solista como por el director, mientras que en el Concierto para violín quizá me decido por Hahn/Salonen por el equilibrio entre batuta y solista, si bien la dirección del de Buenos Aires me parece la más satisfactoria de las tres escuchadas.

1 comentario:

Rafa dijo...

Que Dios te guarde la paciencia, Fernando...