miércoles, 19 de julio de 2017

El discurso de Barenboim en los Proms: aislacionismo, cultura europea e integrismo religioso

Ya dije en mi anterior entrada que los dos conciertos de Barenboim y la Staatskapelle de Berlín que escuché en los Proms los comentaré más adelante, cuando los vuelva a disfrutar escuchando las correspondientes transmisiones de la BBC. Pero no quiero volver a salir de vacaciones –me voy unos días a Castilla a aprender más sobre la arquitectura del siglo XIII– sin dejarles a ustedes la traducción (¡gracias a los amigos que me la han mejorado de manera ostensible!) del valiente, memorable discurso que el maestro dio al final del segundo de ellos, el del domingo 16 de julio. Quizá hayan tenido noticias de él en algún lugar de la red y hayan podido leer alguna transcripción parcial. Aquí lo tienen en su integridad.


Huelga decir que estoy de acuerdo al cien por cien en su contenido. ¡Y cómo no voy a estarlo, yo que me dedico a la educación en humanidades y la investigación en la historia del arte, cuando defiende el conocimiento de la cultura europea como principal medio para combatir los graves problemas que nos rodean! Fue un discurso muy emotivo. No todo el público aplaudió sus palabras –lógico, aunque Londres votara de manera mayoritaria en contra del Brexit–, pero se notaba un ambiente especial. El remate de Pompa y circunstancia fue todo un atrevimiento: ¿se imaginan un discurso semejante en Barcelona tras el concierto de una orquesta madrileña, y que ésta tocara a continuación una sardana? Pues algo así. Barenboim, genio y figura.

El vídeo lo pueden encontrar completo en este enlace. Curiosamente ha conseguido más difusión el que circula en Youtube, que alguien filmó con su móvil apuntando a la cámara de la televisión y que  fue difundido en Twitter por Renaud Capuçon, entre otros. A este último le falta el comienzo y se ve –lógicamente– mucho peor, pero en él se me reconoce con más facilidad: estoy en la tercera fila de los bancos de coro, a la izquierda sobre el hombro de Barenboim y sentado junto a una chica vestida con camiseta blanca, que es la amiga que me acompañó durante el viaje. Qué quieren que les diga, me hace mucha ilusión salir en él.


BARENBOIM'S SPEECH

Señoras y caballeros, confío en que ustedes me permitan algunas palabras que me gustaría decir hoy, que me gustaría compartir con ustedes. No sé si todos estarán de acuerdo con ellas, pero realmente me gustaría compartirlas.

Pero antes que nada me gustaría darle las gracias a esta maravillosa orquesta [intensos aplausos] no por ser maravillosa, que lo es, sino por haber aceptado retrasar sus vacaciones una semana, creo, o más para que fuera posible venir a Londres, a los Proms, este fin de semana para tocar. Porque tocar para ustedes las sinfonías de Elgar es algo que les resulta muy importante. Ellos se han enamorado realmente de esta música, y realmente querían traerla a Londres. Así que les quedo agradecido por no irse de vacaciones hasta mañana [aplausos].

Me gustaría compartir con ustedes algunos sentimientos o reflexiones. No de carácter político [risas en el público, sonrisa claramente irónica de Barenboim: «les parece divertido», dice], sino sobre el ser humano. Cuando veo en el mundo tantas tendencias aislacionistas me siento muy preocupado. Y sé que no soy el único [asentimiento y aplausos intensos]. Ustedes saben que viví en este país durante muchos años. Me casé en este país, viví en él muchos años y se me mostró mucho afecto mientras viví aquí, lo cual me dio de alguna manera el valor, si podemos decirlo así, para decir lo que me gustaría decir.

Creo que el principal problema hoy día no son las políticas de este país o de aquel otro o del de más allá. El principal problema de hoy día es que no hay suficiente educación [asentimiento generalizado y aplausos intensos]. Que no hay suficiente educación musical es algo que sabemos desde hace mucho tiempo. Pero ahora no hay suficiente educación sobre quiénes somos, sobre qué es un ser humano y sobre cómo éste se va a relacionar con los de su misma especie. Lo que voy a decir no es una cuestión política, sino que hace referencia al ser humano. Si miramos a las dificultades que el continente europeo está atravesando ahora nos daremos cuenta de a qué se debe: a la falta de una educación común. Porque en un país no entienden por qué deben pertenecer a algo en lo que también hay otros países. Y no me estoy refiriendo ahora a este país…

¡Contaba con eso! [en referencia a las risas de un auditorio que captó sin problemas la clara ironía]. Estoy hablando en general. ¿Saben una cosa? Nuestra profesión, la profesión musical, es la única que no es nacional. Ningún músico alemán les dirá a ustedes «soy un músico alemán y solamente voy a tocar a Brahms, Schumann y Beethoven» [grandes aplausos]. Hoy hemos tenido aquí una buena prueba de ello [afirma señalando a la orquesta, que acaba de interpretar la Segunda Sinfonía de Elgar y Nimrod del mismo autor]. Si –permitámonos abandonar por un momento Gran Bretaña–, si un ciudadano francés quiere leer a Goethe, necesita una traducción. Pero, evidentemente, no la necesita para las sinfonías de Beethoven. Es por esto por lo que la música es tan importante. Y esas tendencias aislacionistas y ese nacionalismo en el sentido más estricto del término son cosas muy peligrosas contra las que solo se puede luchar con un verdadero y gran énfasis en la educación de las nuevas generaciones. Nosotros probablemente somos todos demasiados viejos para ello. Pero las nuevas generaciones tienen que comprender que Grecia, Alemania, Francia y Dinamarca tienen todos algo en común llamado ¡cultura europea! [grandes aplausos].

No solo el euro. ¡Cultura! Esto es realmente lo más importante. Y por supuesto que en esta comunidad cultural llamada Europa hay espacio para culturas diversas, para diferentes maneras de ver las cosas. Pero esto sólo se puede conseguir con educación. Y el fanatismo de trasfondo religioso que existe en el mundo solo se puede combatir igualmente con la educación [más aplausos]. Contra el fanatismo religioso no se puede luchar únicamente con las armas. Contra el auténtico Mal que existe en el mundo sólo se puede luchar con el humanismo que nos mantiene a todos unidos. ¡Incluidos ustedes! Y ahora les voy a enseñar qué es lo que realmente quiero decir [y se disponen a tocar de propina la Primera Marcha de Pompa y circunstancia de Elgar que pueden ver y escuchar a continuación].




lunes, 17 de julio de 2017

La condenación de Fausto de Solti en los Proms, ahora en Blu-ray

Ya he vuelto de Inglaterra. Se supone que ahora debería decir algo sobre el resto de los espectáculos musicales que he presenciado, a saber, la Turandot del Covent Garden y tres conciertos en los Proms, pero como todos ellos han sido registrados en audio o vídeo, iré escribiendo tranquilamente a lo largo de este verano a medida que los vaya repasando en sus respectivas grabaciones. Ahora prefiero dejar unas breves notas sobre un Blu-ray que he visto esta misma tarde, por pura casualidad perteneciente también a los Proms, concretamente a los de 1989: La condenación de Fausto por Sir Georg Solti, la Sinfónica de Chicago y el coro de la formación norteamericana, aquí reforzado por el de la Catedral de Westminster.



Mi interés ha sido ante todo técnico, porque este producto corresponde a una serie que acaba de lanzar Arthaus en la que se recuperan filmaciones televisivas con audio de altísima resolución: no viene con los 48 kHz habituales en un Blu-ray estándar de vídeo, ni tampoco con los 98 kHz de un Blu-ray pure audio, sino que alcanza nada menos que los 192 kHz. En principio, un verdadero lujo. ¿Y a la hora de la verdad?

Como me estaba temiendo, por muy fantástico que sea el formato no se pueden superar las limitaciones del original, lo que en este caso concreto significa que el disfrute del espectacular despliegue sonoro diseñado por Berlioz se vea constreñido por una gama dinámica estrecha –los fortísimos quedan "aplastados"–, como también por una definición tímbrica no del todo depurada y por un apreciable soplido de fondo. Dicho esto, es de suponer una mejoría muy considerable con respecto al correspondiente DVD del propio sello Arthaus, que yo no llegué a conocer en su momento porque lo que vi fue un VHS grabado de la tele. Y cuando se sube el volumen –obviamente haciendo uso del mando a distancia– en los momentos más espectaculares, se pueden disfrutar de unos graves muy apreciables con los que seguramente tienen que ver los referidos 192 kHz. Explicado de otra manera: lo que aquí se ofrece es lo que en su momento se filmó, ni más ni menos, con todas las insuficiencias del original, pero también con la máxima calidad que el mismo puede llegar a ofrecer. Y hay subtítulos en castellano.

¿La interpretación? Portentosa. La batuta de Solti ofrece brío, electricidad y brillantez a raudales; el maestro despliega un sentido teatral que aleja a esta partitura de lo oratorial para acercarla más que nunca a lo operístico; y hace gala de un virtuosismo que, en conjunción con las posibilidades de los conjuntos de Chicago, uno no puede sino quedarse con la boca abierta. Pero además Sir George paladea tanto los momentos líricos como los espirituales con una concentración, una naturalidad en el fraseo, una sensualidad y una elevación poética difícilmente superables, lo que permite que su aproximación, amén de soberbia en lo técnico, sea redonda en lo expresivo. Olvídense del Solti de la caja de los truenos: además de espectacularidad, aquí hay trazo finísimo y lirismo de la mejor ley.

El tenor neozelandés Keith Lewis no ofrece la voz más bella ni la línea vocal más voluptuosa para su parte, pero canta con buena técnica e impecable gusto. José van Dam, obviamente, compone un Mefistófeles insuperable: canto perfecto y fraseo intencionadísimo, lleno de ironía y distinción. Anne Sofie von Otter está todavía en un gran momento vocal y, con su instrumento lírico de color muy claro, ofrece una Marguerite antes inocente que sensual; delicadísima y tierna, pero sin asomo de narcisismo. Y estupendo el Brander de Peter Rose.

A la postre, recomiendo vivamente este producto, que he podido comprar en JPC por 10 euros más gastos de envío. No lo duden: disfruten de una enorme interpretación de una música maravillosa.

domingo, 16 de julio de 2017

Rattle y la LSO en el Barbican: Wagner, Bartók, Haydn

Aprovecho un hueco que tengo en Londres para dejar unas breves lineas sobre el concierto que el pasado miércoles 12 escuché en el Barbican Hall –segunda visita en mi vida a este recinto– a la London Symphony Orchestra bajo la dirección de quien en pocas semanas se va a convertir en nuevo titular, Sir Simon Rattle. Maravilloso programa integrado por obras de Wagner, Bartók y Haydn, ensombrecido por la cancelación de un Lang Lang que hubiera dado mucho más lustre al acontecimiento.


Comenzó la velada con el Preludio y la Liebestod de Tristan e Isolda. En su momento escribí que su interpretación desde el Met vista en cines me había gustado mucho, pero el miércoles me dejó un poco a medio camino: la construcción de las tensiones fue impecable, el fraseo de enorme cantabilidad, la belleza abrumadora, pero el maestro británico abordó estas dos paginas orquestales buscando mucho antes la suntuosidad sonora que esa tensión agónica que todos asociamos al inmortal titulo wagneriano. Todo fue hermosísimo, pero faltó la esencia.

El Concierto para piano nº 2 de Bartok lo dirigió de manera excepcional, como ya hiciera en su registro junto a Lang Lang: ofreció grandes dosis de dinamismo, de garra y de sabor folclórico, otorgó a la LSO un tratamiento tímbrico de lo mas adecuado y, además, supo bucear con enorme acierto en la vertiente lírica de la obra. El solista fue Denis Kozhukhin, joven protegido de Barenboim que está teniendo la oportunidad de sustituir al pianista chino en todas sus recientes cancelaciones. Días antes de venir a Londres le escuché varias grabaciones radiofónicas y terminé con la impresión de que su talento es grande, pero mucho antes para unas cosas que para otras: sin ser en modo alguno un mero mecanógrafo, tiene aún que bucear en las posibilidades expresivas de lo que se le pone por delante. Lo mejor que le he escuchado es el tremebundo Concierto nº 2 de Prokofiev, lo que anticipaba que en el de Bartók iba a estar muy bien. Así fue: Kozhukhin no solo puede con esta página terriblemente difícil de tocar, ofreciendo en ella potencia y limpieza digital en grado superlativo, sino que además la interpreta con mucho acierto. Pero claro, uno se pone a pensar en Lang Lang y no deja de advertir cómo en esta frase o en aquella otra podía haber matizado de otra manera.

En la segunda parte Rattle ofreció el viaje imaginario por la música de Haydn que comenté en la entrada anterior. Ninguna novedad: fue una verdadera delicia de principio a fin.

Una última cuestión. Como era de esperar, desde mi localidad en el primer piso la cuerda de la London Symphony me sonó más empastada que en el Palacio de Carlos V la semana anterior, pero curiosamente los metales no estuvieron tan espléndidos como en Granada. En cualquier caso, gran concierto.

martes, 11 de julio de 2017

Rattle nos invita a viajar por Haydn

Se supone que cuando se publique esta entrada –escrita hace días– estaré en Inglaterra, y que mañana miércoles 12 tendré la oportunidad de escuchar a Sir Simon Rattle y la Sinfónica de Londres en el Barbican Hall con un programa que incluye en la primera parte obras de Wagner y Liszt, y en la segunda un curioso experimento que el maestro británico preparó para la que todavía es su orquesta, la Filarmónica de Berlín, con motivo de su visita al Festival de Lucerna de 2015: An Imaginary Orchestral Journey sobre la obra de Franz Joseph Haydn. En realidad, una ensalada en la que se escuchan fragmentos de La Creación, Las estaciones, L'isola Disabitata y las sinfonías nº 6, 45, 46, 60, 64 y 90, además de música que compuso para órgano mecánico. Disponible en la Digital Concert Hall, no tengo la menor duda a la hora de recomendarles a ustedes este maravilloso paseo.


Habida cuenta de que Sir Simon sintoniza de maravilla con la frescura, la luminosidad, las ganas de vivir y el sentido del humor que rebosa la labor creativa del genial compositor austriaco, uno podría pensarse que este viaje ofrece ante todo una visión lúdica de la misma. Pues no, y ahí está lo más interesante: aunque haya unas cuantas bromas más o menos previsibles, Rattle ofrece una selección muy equilibrada donde se pone bien de relieve la increíble capacidad del autor a la hora de ofrecer pathos, hondura reflexiva y fuerza dramática, incluyendo así páginas memorables como el arranque de La Creación, el terremoto de Las siete palabras, la introducción de El invierno o el Largo de la Sinfonía nº 64. Por supuesto, también hay espacio para la cantabilidad, la sensualidad y para la galantería, bien representada esta última por el tercer movimiento de su Sinfonía nº 6 Le matin, toda una oportunidad para que se luzcan los increíbles atriles de la Filarmónica de Berlín. ¡Y cómo lo hacen!

En cuanto a la interpretación propiamente dicha, nada nuevo con respecto a lo que ya le conocíamos del muy notable –aunque un tanto irregular– doble CD de sinfonías grabado con esta misma orquesta para EMI allá por 2007. Es decir, un Haydn a medio camino entre la tradición y el historicismo, mezclando de manera interesante la sonoridad musculada de la formación alemana con una articulación muy influida por los instrumentos originales, y más concretamente por Harnoncourt, aun sin adoptar radicalidad alguna y ofreciendo al mismo tiempo un sentido de la elegancia y la distinción británicas que desde siempre –recuerden a Colin Davis– le ha sentado muy bien al compositor. Por descontado, hay mucho de ese sentido del humor que es especialidad de Rattle, aunque este es más risueño que jocoso o sanamente rústico. El Finale de la Sinfonía nº 90, como en el disco antes citado o en su filmación de la obra completa también en la Digital Concert Hall, es un verdadero prodigio de electricidad, chispa y fuerza: del mejor Haydn que yo haya escuchado nunca.

domingo, 9 de julio de 2017

Isabelle Fausto y Mefistófeles Antonini

Tengo previsto escuchar en directo el próximo domingo en Londres el Concierto para violín nº 3 de Mozart interpretado por Isabelle Faust, Bernard Haitink y la Chamber Orchestre of Europe. Movido por una curiosidad no poco morbosa, he escuchado la interpretación de la misma obra recientemente registrada para Harmonia Mundi por la violinista alemana junto a Giovanni Antonini y sus chicos de Il Giardino Armonico, dentro de un doble compacto que ofrece la integral de los conciertos para violín del salzburgués.


¿Resultados? Ni más ni menos que los esperados. Un Mozart lleno de vida, de entusiasmo y de color; un Mozart efervescente y contrastado a más no poder que rehúye los tópicos del presunto equilibrio y el distanciamiento neoclásico para decantarse por los claroscuros y por la teatralidad apostando por una enorme valentía en el fraseo. Pero también (¡cómo no!) un Mozart trivial, en exceso lúdico, coqueto en el peor sentido de la palabra y repleto de detalles de no ya de amaneramiento, sino de abierta cursilería. Y muy alicorto a la hora de lanzarse al vuelo poético: el sublime Adagio no solo no emociona lo más mínimo, sino que está lleno de sonoridades insoportables por parte de la señora Faust, aquí dispuesta a imitar los peores defectos de quien hubiéramos esperado en este disco, no otro que el horripilante Enrico Onofri.

"Este chico sigue sin tener ni idea de interpretación históricamente informada y odia visceralmente los instrumentos originales", pensarán los lectores de la kale barroka que se pasen por aquí. Pues miren ustedes, la grabación de Andrew Manze de 2005 me parece más sensata que ésta, no tanto por su labor solista –más bien inexpresiva– como por su muy notable dirección frente a The English Concert. Y la ya antigua de Simon Standage con Christopher Hogwood la encuentro sencillamente espléndida: a despecho de alguna frase en exceso repipi en el primer movimiento por parte del malogrado Chris, he ahí un Mozart "de verdad", ciertamente mucho antes ágil, luminoso y risueño que otra cosa –imposible olvidar la hondísima poesía de la Mutter con Karajan–, pero lleno de musicalidad y sin el menor deseo de llamar la atención a base de presuntos hallazgos. Por descontado que Standage no renuncia a una articulación plenamente historicista, pero es la musicalidad personificada: él sí que vuela en el Adagio. Y el clave al continuo resulta muy bienvenido.

La cosa en realidad es más sencilla de lo que parece: se puede hacer un gran Mozart y un mal Mozart tanto desde la tradición como desde lo "históricamente informado". Lo que importa es lo voluntariosos e inspirados que estén los artistas de turno. Y aquí la señora Faust(o), en otras ocasiones enorme violinista, se deja arrastrar por ese singular Mefistófeles –simpático y seductor, materializador de mil placeres, pero demonio al fin y al cabo– que es Giovanni Antonini.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿hasta qué punto cambiará la solista sus maneras de hacer para acomodarse a los radicalmente distintos planteamientos del veteranísimo Haitink? ¡Qué ganas de ver lo que ocurre!

PD. Por si a alguien se le ocurriera iniciar un debate sobre el tema, que sepa que mañana salgo de viaje a Inglaterra y desde entonces me limitaré a darle entrada a los comentarios, pero nada más. Dejo un par de entradas programadas para los días de mi ausencia.

Reseña mínima: Axelrod, ROSS y los pecados

Compré entrada y cogí el coche para acudir al concierto de la Sinfónica de Sevilla y su titular John Axelrod de la noche del pasado viernes 7 con un programa en torno al pecado. Por motivos personales, me limito a hacer una reseña mínima.

Adagietto de El paraíso perdido de Penderecki: obra breve tan fácil de escuchar como de olvidar, irreprochablemente interpretada.

Francesca da Rimini de Tchaikovsky: esta sí, una obra maestra del romanticismo musical en interpretación magnífica, dirigida por Axelrod no con pinceles finos, pero sí con mucha convicción y fuerza comunicativa, planificando bien el arco global de tensiones y haciendo sonar a la orquesta con una rusticidad muy adecuada; sin miedo al decibelio, pero sin confundir tampoco el desgarro dramático con el exceso ni la vulgaridad. Intensa y bien cantada la sublime sección central. A la postre, lo mejor que le he escuchado al director tejano. Tenía preparada una discografía comparada para este blog, pero no ha podido ser.

Los siete pecados capitales, de Kurt Weill y Bertold Brecht: obra muy de los autores, para lo bueno y para lo no tan bueno, magníficamente tocada por la ROSS y muy bien dirigida por Axelrod, aunque a mí me hubiera gustado un punto más expresionosta, con más mordiente y visceralidad, tal y como hizo Heras-Casado al redescubrirnos Mahagonny en el Real. Espléndida actuación vocal y escénica de la atractiva mezzo Wallis Giunta, aunque no muy personal y abordando su parte con más elegancia y patetismo que con ironía o con cierto espíritu canalla. Notable pero con desigualdades el cuarteto de voces masculinas del Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza.

No había sobretítulos, aunque sí traducción en el programa de mano, que solo pudimos seguir quienes estábamos cerca del escenario y recibíamos la luz del mismo.

jueves, 6 de julio de 2017

Rattle y la London Symphony en Granada (y II): Berlioz, Sibelius, Brahms

Abriendo el segundo concierto en el Festival de Granada –del primero hablé en la entrada anterior–, Rattle y la London Symphony ofrecieron El carnaval romano de Berlioz, en interpretación ortodoxa y sensata, dicha con pinceles finos, exquisito gusto y esa chispa juvenil que caracteriza a Sir Simon. Magnífica, sin duda, aunque es cierto que ni en la segunda parte terminó de ser todo lo bulliciosa que podría haber sido ni, sobre todo, en la primera logró destapar el tarro de las esencias poéticas que tan maravillosamente supo destilar Sir Colin Davis con la misma orquesta en su memorable grabación de 1965. Magnífico el solo de corno inglés.

Me gustó mucho cómo dirigió Rattle el Concierto para violín de Sibelius, más que en los dos registros suyos que comenté en la discografía comparada. Fue la suya una dirección magníficamente sonada, de planificación impecable, poderosa cuando tenía que serlo y dotada de gran vuelo lírico. Y acertó estilísticamente en ese punto intermedio que la obra marca en la trayectoria del compositor, es decir, entre las deudas con el romanticismo y lo que iba a ser su estilo maduro. La orquesta rindió de manera soberbia, sin excesiva opulencia pero tampoco con la necesidad de marcar asperezas.


Janine Jansen era a priori una solista de lujo. El pasado lunes 3 de julio no tuvo su mejor noche en lo técnico: aparte de un ataque por completo gafado casi al final del primer movimiento, hubo vacilaciones e inseguridades varias. La violinista miraba de vez en cuando a Rattle como pidiendo disculpas, y éste le replicaba con infinita comprensión. Lógico: se trata de un concierto casi "intocable", y les aseguro que tengo una grabación radiofónica de la mismísima Anne-Sophie Mutter donde la violinista alemana desafina cosa mala. Miren, a mí estas cosas no me importan mucho, como tampoco valoro especialmente que el sonido de Jansen sea de una belleza increíble (¡qué registro grave, cielo santo!) y que, pese a los reparos expuestos, sorteara la mayoría de los terribles escollos técnicos de la obra de manera más que satisfactoria. Lo que más me interesa es eso que se llama interpretación.

Y aquí debo reconocer que la Jansen me dio una muy agradable sorpresa, porque ya le había escuchado la página en directo, con Mariss Jansons y la Orquesta del Concertgebouw en Murcia, allá por 2010, y no me había convencido. Escribí entonces que la holandesa "ofreció un sonido de gran belleza y un virtuosismo a prueba de bombas, pero su visión de la obra fue meramente contemplativa, muy tímida en el aspecto expresivo y, por ende, bastante superficial". Esta vez me ha gustado mucho más. Quizá haya influido que en aquella ocasión mi asiento estaba lejos del escenario y el violín de Jansen, no muy poderoso, quedaba un tanto en segundo plano; en el Carlos V estuve en fila 3 y pude escucharlo mucho mejor. O quizá es que un servidor acudiera a Granada ya preparado a lo que iba a ser el enfoque de la artista: efectivamente, mucho antes lírico que dramático. Pero también creo que los años no pasan en balde, y que la bellísima artista ha madurado su concepto, ha profundizado en las notas y ha sabido inyectar una mayor dosis de sinceridad y energía a su aproximación. Lo mejor del concierto estuvo en la propina: acompañada de algunos primeros atriles de la LSO, Jansen ofreció una Nana de Federico García Lorca para derramar lágrimas. Salí al intermedio acongojado.

"Por su carácter sencillo y luminoso, la obra ha sido conocida a menudo como la Pastoral de Brahms", afirma en sus notas al programa Pablo J. Vayón sobre la Segunda sinfonía del hamburgués. Los dos temas de la forma sonata del primer movimiento, afirma, "tienen un aire de serena cantabilidad, el segundo en exquisito ritmo de vals". El Allegro grazioso "es una danza ligera y de aire popular (...) que no pierde en ningún momento ni la elegancia ni la compostura clásica", concluyendo el autor que "la Sinfonía en re mayor es puro Brahms, un Brahms lírico y hasta juguetón".


Quien comparta semejantes valoraciones expresivas no tendrá duda a la hora de calificar la interpretación de Rattle como insuperable. Pero yo no las comparto. En absoluto. Queda claro que no estamos aquí en el terreno abiertamente trágico de las dos siguientes sinfonías brahmsianas, y el carácter afirmativo del último movimiento de la op. 37 parece fuera de duda; tampoco se puede negar que en la partitura existan elementos lúdicos y un socarrón sentido del humor. Pero mí me parece que lo que singulariza a Brahms es una muy particular mezcla de ternura, reflexión humanística, amargor y desgarro emocional, y que todo eso está por completo presente en esta partitura, al menos en sus dos primeros movimientos.

De los dos temas de la forma sonata del Allegro non troppo, el primero resulta no poco agitado, mientras que el segundo –melodía tan parecida a la celebérrima canción de cuna del mismo autor– posee un fortísimo sabor agridulce que se clava en el corazón como un verdadero puñal cuando recibe una interpretación de verdadera altura: si conocen lo de Giulini/Viena –uno de los más grandes discos sinfónicos que jamás he escuchado– saben bien de qué les estoy hablando. Todo el desarrollo del movimiento es, asimismo, una contraposición entre amor y dolor, entre vuelo lírico y dramatismo escarpado, alcanzando sus clímax una fuerza desgarradora. Además de la grabación antes citada, escuchen por ejemplo a Bernard Haitink con la propia London Symphony, como estoy haciendo yo ahora mismo. Rattle parece no ver nada de esto: se limita a ofrecer una traducción de enorme belleza formal sin fondo trágico, además de carente de ese particular sonido brahmsiano que solo unos pocos directores vivos (Haitink, Barenboim y Nelsons, quizá también Muti) son capaces de ofrecer hoy.

A mi modo de ver, un dolor intenso, por momentos intensísimo y con elevados picos de tensión, debe recorrer el Adagio non troppo de principio a fin. El maestro de Liverpool fraseó sus melodías con cantabilidad suprema (¡portentosa la cuerda de la LSO, mejor aún que el día anterior!) pero suavizando aristas tanto sonoras como expresivas, sin hurgar en el trasfondo de los pentagramas. En Granada, afortunadamente, no cayó en la tentación de ofrecer las sonoridades relamidas de las que hizo gala con la Filarmónica de Berlín en su filmación de 2016, disponible en la Digital Concert Hall. A partir de ahí, Rattle se encontró muchísimo más en su elemento expresivo, inyectando a los dos últimos movimientos una buena dosis de ese empuje, de esa frescura y de ese sentido del humor –antes risueño que jocoso– que caracterizan a su batuta, mas sin dejar de desplegar el músculo y el carácter dionisíaco que ambos necesitan. El aplauso del respetable fue grande.

De propina, ya cerca de la una de la madrugada, la Danza eslava nº 7 de Dvorák. Me pareció un prodigio de ritmo y chispa por parte del maestro y los miembros de una LSO entregadísima y venciendo el cansancio –había cola de músicos en la máquina del café durante el intermedio–, pero aquí la deficiente acústica de la planta baja del palacio diseñado por Pedro Machuca se hizo más evidente que en el resto de la noche: el desequilibrio de planos se hizo molesto. Ah, hubo firma de autógrafos por parte de una muy paciente, amable y educada Janine Jansen. Yo me compré su Prokofiev.

PD. Las fotos las he tomado del Facebook oficial de la LSO.

miércoles, 5 de julio de 2017

Rattle y la London Symphony en Granada (I): Sexta de Mahler

Dos conciertos de Sir Simon Rattle y la London Symphony Orchestra en el Palacio de Carlos V de Granada, dentro de la edición nº 66 del Festival de Música y Danza. Tengo muchas cosas que decir, así que en esta entrada me limito al primero de ellos: Sexta sinfonía de Mahler la noche del domingo 2 de julio.

Para empezar, ¿cómo anda la orquesta de la que pronto Sir Simon se va a convertir en nuevo titular? Muy bien, gracias. Pero no es la Filarmónica de Berlín. La LSO puede presumir de ser la mejor orquesta británica, y sin duda se puede contar entre las diez mejores de Europa, pero no posee la altura de las tres más grandes, obviamente Concertgebow, Filarmónica de Viena y la citada formación berlinesa. No me refiero a tanto a una cuestión técnica como a la personalidad del sonido global y, sobre todo, a la musicalidad de sus solistas. Tengo la sensación de que la época del mediocre Gergiev ha dejado a sus miembros un poco descolocados, trabajando por inercia más que otra cosa; y también me da en la nariz de que con Rattle eso se va a arreglar pronto, de que el enorme entusiasmo de las ideas musicales y extramusicales del de Liverpool va a hacer que todos den lo mejor de sí mismos.


Dicho esto, se puede puntualizar un poco. En ambos conciertos estuve en la fila tres del patio de butacas –no hubo manera de conseguir una entrada arriba, que es donde mejor se escucha– y noté cierta falta de empaste en los violines, circunstancia que podría deberse a la acústica desde mi posición: tengo previsto escucharles la semana que viene en el Barbican Hall en mucho mejor ubicación, así que ya les contaré si la impresión se confirma o desaparece. Ciertamente hubo algún despiste en uno de los pasajes más tempestuosos del primer movimiento de la sinfonía mahleriana entre los primeros violines, entiendo que por completo disculpable. Y confieso que el serbio Gordan Nikolitch, según mi apreciado José Antonio Cantón (leer crítica) uno de los mejores concertinos del mundo, no me pareció nada del otro jueves. Sí me gustaron mucho los violonchelos, de muy hermoso sonido, como también los contrabajos. La madera me pareció francamente buena. Y por completo sensacional el metal, con algunos solistas increíbles: trompa y tuba son para ponerles un monumento. Aun con los reparos expuestos, escuchar una orquesta así en directo supone un verdadero lujo para el oído.

Sexta de Mahler. A ver, hace poco puse por las nubes la interpretación del mismo director con la Filarmónica de Berlín. Esta me ha gustado un poco menos. Solo un poco. En parte por la, como digo, no tan increíble calidad de la orquesta. Y en parte porque en los últimos días he vuelto a escuchar interpretaciones o escuchado por primera vez algunas otras versiones discográficas. Y con todas ellas en mente puedo valorar con mejor perspectiva el acercamiento del maestro británico, irregular mahleriano que en este repertorio a veces fracasa –Segunda–, a veces se queda a mitad de camino –Quinta– y a veces triunfa, como es el caso de la obra que nos ocupa. Cierto es que Rattle raramente se interesa por el lado más dramático de la música, pero con esta obra parece tener una especial sintonía: trazo finísimo –imposible olvidar el bodrio de esta misma orquesta con Gerviev–, nada de ingravideces ni de amaneramientos, explosiones sonoras tan espectaculares como controladas y una enorme dosis de frescura y comunicatividad distinguen su acercamiento.

Así las cosas, Rattle ofreció un primer movimiento magnífico. No muy atmosférico ni ominoso, pero sí adecuadamente épico, sabiendo no confundir a este carácter con lo jubiloso –error de varios directores, entre ellos el mismísimo Bernstein en la más antigua de sus grabaciones– y dotándolo de un enorme sentido de la continuidad. El Andante moderato –en segunda posición– estuvo cantado y sonado con gran belleza; otra cosa es que a mí me gusten visiones más agónicas que líricas, y lo que hiciera Rattle fuera decantarse más bien por lo segundo. Por otra parte, su gran clímax me pareció más nervioso que intenso, vehemente más no muy visionario. Muy notable el Scherzo, poco personal y quizá no tan enérgico como el de Berlín –que estoy volviendo a escuchar mientras escribo estas líneas–, pero sí muy atento a la variedad expresiva que encierra. Además, estuvo impecablemente desmenuzado: el virtuosismo de las maderas de la LSO quedó bien en evidencia.

Lo mejor de la interpretación, en cualquier caso, vino con ese genial último movimiento que marca una de las cimas de toda la creación sinfónica universal. Aquí el maestro supo hacer gala de vehemencia, de empuje y de garra dramática bajo un perfecto control de los medios –su técnica de batuta es colosal–, sin caer en precipitaciones y haciendo gala de riquísimas e incisivas texturas bien remachadas por esos dos golpes de martillo que ningún subwoofer del mundo es capaz de reproducir. Únicamente, por poner una pega, me hubiera gustado un clímax final –ése donde iría el tercer golpe de martillo– un poco más tremendo, y una coda aún más ominosa. ¿Del uno al diez? Un nueve para esta interpretación. O sea, algo muy difícil de presenciar en directo. Éxito colosal.

Se me olvidaba: aunque para la acústica sea un problema, ¡qué gustazo tener a Rattle a solo unos metros y disfrutar de su bellísima, entusiasta y comunicativa gestualidad!

lunes, 3 de julio de 2017

Janine Jansons y Antonio Pappano: Bartók sí, Brahms no tanto

Como esta noche actúa en Granada Janine Jansen haciendo Sibelius, traigo ahora –he escrito estas líneas hace días: ahora mismo debo de andar merodeando por la Alhambra– este disco del sello Decca en el que la violinista holandesa une sus fuerzas a las de Antonio Pappano para interpretar el Concierto para violín nº 1 de Béla Bartók y el Concierto para violín de Johannes Brahms, grabaciones de agosto de 2014 y de febrero de 2015 respectivamente, realizada la primera de ellas con la London Symphony y la segunda con la Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma.


La interpretación de la obra del húngaro es un triunfo, luciendo Jansen un violín de sonido y fraseo muy hermosos, pero también atento a ofrecer asperezas: lirismo de altos vuelos e intensidad dramática se conjugan a la perfeccin mediando una enorme sinceridad expresiva. Pappano se mueve como pez en el agua en este despliegue de ritmos y colores, sabiendo ser incisivo e inmediato pero también adecuadamente poético. Por desgracia los ingenieros de Decca realizaron la toma a un volumen excesivamente alto, por lo que ésta no ofrece toda la dinámica deseable al llegar a los grandes clímax del segundo movimiento. Gran interpretación, en cualquier caso, aun sin llegar al increíble nivel de Kyung-Wha Chung con Solti y la Sinfónica de Chicag.

Las cosas no funcionan igual de bien en Brahms. El maestro londinense ofrece toda esa dosis de vitalidad, de extroversión, de vehemencia bien controlada, de frescura digamos que juvenil, sincera y alejada de cualquier afectación, que caracterizan a su batuta. Lo hace, además, trabajando a su orquesta romana con pinceles finos y ofreciendo apreciables dosis de belleza sonora. Pero no termina de sintonizar con esta música. O quizá no soy yo el que conecta con su idea de la partitura: luminosa y algo ligera, epidérmica antes que reflexiva, carente de esa sonoridad atercopelada y ese color dorado un punto otoñal que necesita este repertorio. Tampoco es muy imaginativa a la hora de desplegar matices, e incluso resulta rutinaria en determinadas frases del primer movimiento en las que no aparece esa ternura agridulce, tan intensa como controlada, que es inconfundible en el compositor de Hamburgo.

Algo parecido le ocurre a Janine Jansen, dueña de un sonido increiblemente hermoso pero no el más adecuado –hace falta más carne– para Brahms, y de un temperamento lírico a veces un tanto liviano, de poesía antes contemplativa que doliente y no muy interesado por el enfrentamiento dramático con la orquesta. Justamente lo que le ocurrió cuando le escuché el concierto de Sibelius con Jansons en Murcia. Veremos qué hace esta noche.

sábado, 1 de julio de 2017

Una Sexta de Mahler diferente: Pappano en Roma

Mañana domingo es el gran día: si todo va bien en la carretera, podré disfrutar de la Sexta de Mahler por Rattle y la London Symphony en Granada. Al hilo de este evento, he querido traer aquí una interpretación de la genial página mahleriana que he descubierto ayer mismo y que me ha parecido interesante por ofrecer una visión distinta a la que estamos acostumbrados: Antonio Pappano y Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia, grabación en vivo –con abundantes toses y toma sonora no muy allá– realizada por el sello EMI entre el 8 y el 11 de enero de 2011.


Lo que distingue a esta lectura es algo que quizá tenga que ver con la trayectoria del maestro como director de foso: su desarrolladísimo sentido de la cantabilidad, entendida ésta no solo como delectación melódica, sino también como una mezcla de sensualidad, vuelo lírico y apasionamiento. ¿Mahler va a la ópera? Algo así. A la ópera italiana, para concretar: Pappano será londinense de nacimiento, pero como me confesó a mí mismo durante una firma de autógrafos, se le notan los genes. Y mucho. Obviamente es en un Andante moderato –colocado en tercer lugar– dicho con gran vuelo poético, aunque poco agónico y no todo lo intenso que podía haber sido, donde semejante circunstancia queda más en evidencia, pero no sólo en él. El maestro está atento a todos esos momentos de la partitura donde puede recrearse en la fuerza de la melodía, y lo hace sin caer en esos preciosismos ni esas ingravideces con que lo hacen otros directores. Muchos pasajes suenan casi nuevos bajo su batuta.

Hay otras virtudes importantes en esta lectura, como pueden ser la atención que se presta a la atmósfera en el primer movimiento o el desarrolladísimo sentido expresivo del color en las intervenciones de las maderas en el segundo, cuyo final está matizado de manera original y acertada. Pero se detectan también dos graves limitaciones. Una es la discontinuidad del discurso: el primer movimiento está dicho con considerable amplitud (24'33), y aunque eso le permite explorar mejor los referidos recovecos góticos, la arquitectura se ve lastrada por cierta discontinuidad en el discurso. En el resto de la interpretación, también tendente a la lentitud, las cosas funcionan mejor en ese sentido, pero ahí salta el otro problema: las limitaciones de una orquesta que en el último movimiento se las ve y las desea para estar a la altura. En él tampoco Pappano está muy inspirado: comienza con algunos efectismos y finaliza sin la suficiente garra dramática, intentando entremedias inyectar la frescura y el fuego que usualmente le caracterizan, pero sin terminar de dar unidad a la página.

En definitiva, una interpretación distinta que todo buen mahleriano debería conocer. Pero nada más. ¿Referencias? La de Barbirolli en EMI y la de Bernstein de 1988, aunque no podemos olvidar los vídeos del propio Bernstein y de Rattle.


viernes, 30 de junio de 2017

Hernández Silva con la Academia de Estudios Orquestales: puro fuego

Enorme honestidad y valentía la de Manuel Hernández-Silva al escoger el programa del concierto de la Academia de Estudios Orquestales de la Fundación Barenboim-Said ofrecido ayer jueves en la Sala Turina de Sevilla: Sinfonía Júpiter de Mozart y Cuarta de Schumann. Dos partituras extremadamente difíciles de tocar con auténtica limpieza, y no precisamente menos fáciles de interpretar por parte del director. O sea, de las que dejan por completo al descubierto las insuficiencias tanto de la batuta de turno como de la orquesta, en este caso una formación de jóvenes andaluces que refuerzan con estas jornadas sus estudios –algunos andan todavía en el conservatorio, otros ya han salido de él– y que en no pocos casos actúan por vez primera ante el público con un repertorio sinfónico. Circunstancia esta última que hay que tener muy en cuenta a la hora de valorar su labor: no se les puede pedir lo mismo que a la Sinfónica de Sevilla que a esa misma hora actuaba en el Maestranza, orquesta de la que precisamente forman parte la mayoría de sus maestros de la referida Academia. Medio en serio medio en broma, casi podíamos llamar a este conjunto “Joven Sinfónica de Sevilla”.

Pues bien, y siempre teniendo en cuenta la referida circunstancia, creo que los resultados desde el punto de vista técnico han sido muy positivos. Injusto y ridículo sería ocultar que hubo irregularidades. Se deslizaron sonoridades ácidas en los violines, y en algún momento –final de la transición de la introducción al Allegro en la obra de Schumann– estos anduvieron muy desmadejados. Las trompetas, que realizaron su labor sin una sola nota falsa, sonaron demasiado fuertes en Mozart. Y los grandes solos del segundo movimiento de la sinfonía del alemán fueron desiguales: al oboe le traicionaron los nervios en su diálogo con un violonchelo –una chica– que estuvo muy correcto, mientras que ya en solitario, el primer violín resolvió francamente bien su difícil y bellísima parte.


Aquí acaban los reparos. Porque el conjunto sonó de manera bastante satisfactoria, poco titubeante y muy disciplinado, equilibrado entre sus secciones y, sin duda espoleado por la batuta, con muchísima entrega expresiva. Soy testigo de que hace años la Orquesta Joven de Andalucía –la que dirigió el mismísimo Barenboim en Marbella, sin ir más lejos– no alcanzaba semejante nivel. Si tenemos en cuenta que la propia OJA estuvo muy bien en Jerez hace tan solo unos meses, la conclusión parece clara: aunque haya aún mucho camino por recorrer, el nivel medio de los jóvenes instrumentistas andaluces se encuentra ahora mejor que nunca. Y eso se debe tanto a la constancia de los chavales como al profesorado de los conservatorios, pero también a la posibilidad de completar sus estudios con proyectos de diferente naturaleza, entre ellos éste de la Fundación Barenboim-Said que patrocina la Junta de Andalucía. Por tanto, se merecen también un fuerte aplauso los profesores salidos de la ROSS y el propio maestro Hernández-Silva.

Me queda hablar de la labor puramente interpretativa de este último. Me gustó bastante en la primera parte y regular en la segunda. Fue el suyo un Mozart de esos “de la gran tradición”, por completo ajeno a las maneras históricamente informadas que, me temo, algunos intentan imponer en Sevilla frente a la deseable convivencia entre las dos líneas. Y dentro de esa “gran tradición”, que a su vez ofrece muchísimos senderos que recorrer (¿qué tienen que ver entre ellos el Mozart de Furtwängler, Klemperer, Böhm, Kubelik o Marriner?), Hernández-Silva ofreció una Sinfonía nº 41 poderosa, con músculo –que no masiva–, rotunda, llena de fuego y de pasión, mucho antes interesada por el pathos que por la belleza sonora, y desde luego un punto protobeethoveniana. Vamos, una Júpiter propiamente jupiterina. No estuvo, sin embargo, tan atento a los aspectos líricos de la página: al segundo tema del primer movimiento o al sublime Andante cantabile, aunque fraseados sin rigidez y con su adecuado punto de sensualidad, se les podía haber sacado más partido. Tampoco jugó lo suficiente con las gradaciones dinámicas ni atendió del todo al equilibrio de planos, algo con lo que seguramente tuvo que ver la deficiente acústica que la pequeña sala presenta para una orquesta de estas dimensiones: todo sonaba demasiado fuerte. Triunfó el maestro, en cualquier caso, por su temperamento verdaderamente irresistible y su fuerza comunicativa.

La Cuarta de Schumann me pareció diferente a la que le escuché en enero de 2015 al frente de la OJA. Si en aquella percibí el punto de equilibrio exacto entre lirismo y pasión, salvo en un cuarto movimiento que entonces me pareció en exceso clásico, esta me ha parecido puro fuego, para lo bueno y para no lo tan bueno. Y si la Júpiter pide ante todo potencia expresiva, la página del autor de Genoveva exige también una delicadeza, una levedad bien entendida y una agilidad que en manos de algunos directores terminan convirtiéndose en frivolidad y cursilería. Por completo alejado de semejantes veleidades, Hernández-Silva cayó en el otro extremo: su lectura resultó temperamental a más no poder y tuvo unos muy adecuados acentos dramáticos, y hay que elogiar cómo su batuta consiguió que los chavales tocaran con una pasión desbordada, pero con frecuencia el fraseo fue cuadriculado –sobre todo en el primer movimiento– y la tosquedad hizo acto de presencia. El hermosísimo segundo movimiento estuvo bien cantado, aunque a mí me gusta con ese sabor agridulce tan difícil de conseguir. La dificilísima transición al cuarto estuvo resuelta solo con dignidad, mientras que la gran coda final fue furtwaengleriana a tope, dicho sea como el mayor de los elogios posibles.

Para cerrar ya estas líneas, compartir plenamente el discurso final del maestro sobre la importancia de apoyar la formación de estos jóvenes (¿habrá habido, quizá, quienes voluntariamente hayan decidido darle poca difusión a este evento?). También sobre la terrible situación en su Venezuela natal y sobre la necesidad de alcanzar la paz mediante el diálogo en Oriente Medio: la recaudación del concierto iba dirigida a UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina.

jueves, 29 de junio de 2017

Kaufmann triunfa como Otello

Como estos días trabajo no por las tardes sino por las mañanas, he podido por fin acudir a los cines UCC de la vecina localidad de El Puerto de Santa María para asistir a una de sus funciones de ópera en directo desde el Covent Garden: Otello de Giuseppe Verdi con debut de Jonas Kaufmann en el rol del moro, Antonio Pappano a la batuta y nueva producción escénica de Keith Warner. Precio más barato que el de las transmisiones del Met (15 euros) y buen surtido de canapés con champán en el intermedio cortesía de la casa. Sala llena y público muy silencioso. Así da gusto, oigan.

No me cuento entre los incondicionales del tenor alemán, porque soy de aquellos a los que las particulares sonoridades que emite del mezzoforte para abajo les resultan desagradables. Pero me ha gustado muchísimo su Otello, sin duda el mejor que he escuchado desde tiempos de Domingo.


Obviamente carece de la bellísima voz del madrileño, también de su línea de canto más claramente latina y, sobre todo, de ese punto de intensísima emoción que Plácido alcanzaba en el “Niun mi tema”. Pero Kaufmann es muy artista y triunfa por completo en el rol más difícil de todo Verdi: lo canta con excelente gusto, plena atención al texto, riqueza de matices expresivos, enorme sinceridad y sin concesión ninguna al efectismo. Nada de sollozos ni de truculencias. Tampoco se recrea en esos brillantes agudos que posee. Ni los escatima. Dicen que en el estreno se reservó, dados los altibajos de su estado vocal en los últimos tiempos, pero ayer miércoles 28 nada hubo de eso. Es además muy buen actor, así que a la postre convenció por completo vocal y escénicamente tanto en la vertiente amorosa del personaje como en aquellos momentos más desquiciados del mismo. Grande.

A Maria Agresta le escuché su Desdémona en Valencia en 2013, en aquella ocasión bajo una lenta y atmosférica dirección de Zubin Mehta. Me sigue gustando muchísimo: voz por completo adecuada, línea de canto sin fisuras –dicen que en el estreno sí hubo problemas–, italianidad al cien por cien y enorme sensibilidad expresiva, concibiendo al personaje con cierta carnalidad digamos que erótica y sin rastro de ñoñería. La esposa de Otello es cariñosa e inocente, pero no una ursulina. En sus dos maravillosas “arias” del último acto estuvo magnífica.


Esperaba mucho peor a Marco Vratogna. Su canto sigue siendo basto, vulgar, y su concepción del personaje bastante grosera, carente de la gran cantidad de pliegues psicológicos que exige Iago (¡cómo olvidar a Fischer-Dieskau!), pero al menos da las notas, las da de manera sonora y es excelente actor. Más que correcto el Cassio de Frédéric Antoun y magnífica la Emilia de Kai Rüütel.

Estupenda la lectura de Pappano, muy distinta de la genial de Barbirolli o de la de Mehta en Valencia, y más bien cercana a la de Sir Georg Solti en el propio Covent Garden (con Domingo: aún hoy versión de referencia) y a la de Carlos Kleiber en La Scala. Es decir, una dirección rápida, incisiva en la tímbrica y en la articulación, tempestuosa a más no poder e impregnada de un poderosísimo sentido teatral; por momentos terrible dramática –a ningún director le he escuchado con semejante desgarro el momento en el que Otello arroja al suelo a Desdémona frente a la embajada veneciana–, pero también maravillosamente paladeada en las escenas más íntimas y dotada de una cantabilidad admirable. También me ha impresionado su trabajo técnico: increíble conseguir mayor claridad con semejante velocidad en los tempi.

El trabajo de Richard Eyre no me ha gustado gran cosa. Respeta a Verdi, a Boito y a Shakespeare –Iago mata a su esposa a final, como en el drama original–, cosa que corriendo los tiempos que corren resulta muy de agradecer. La dirección de actores es buena. Pero no me vale el argumento de que la escenografía es neutra para potenciar el drama humano: la escenografía es fea, y punto. La iluminación oscurísima, incluso cuando no debería serlo, con la excepción de la escena final, en la que ocurre todo lo contrario: la música pide tinieblas y la propuesta nos ofrece un blanco radiante en el lecho de Desdémona, por otro lado de diseño muy contemporáneo a pesar del vestuario de época. Hay también más de una tontería, particularmente la escena en la que el protagonista juega con unos barquitos. Muy sangriento, y por ello mismo chocante, el suicidio del protagonista.

En cualquier caso, las desigualdades de la escena no lograron empañar el enorme nivel musical de este Otello que me hubiera gustado ver en directo: estaré en Londres por esas fechas pero no quedaban entradas, así que ya tengo otros planes para esos días. Y podré ver Turandot en la propia Royal Opera, lo que tampoco está mal.

miércoles, 28 de junio de 2017

Un concierto recomendable: Hernández Silva, o la tradición vienesa

Hay personas empeñadas en transmitir una idea negativa de la Fundación Barenboim-Said y, por ende, de la Junta de Andalucía que la constituyó allá por julio de 2004. Lo hacen afirmando que el presupuesto –importantísimo en un primer momento, ahora drásticamente menguado– que la Junta reserva para ella se invierte casi con exclusividad en los dos conciertos anuales que Daniel Barenboim tienen comprometidos en tierras andaluzas al frente de la Orquesta del West Eastern Divan. Su razonamiento es implacable: por muy buenos que fuesen dichos conciertos –que para ellos a veces no lo son, o incluso pueden calificarse abiertamente de malos–, gastar semejante cifra en solo dos veladas musicales es un disparate en una comunidad con necesidades culturales mucho más importantes. Luego añaden la guinda demagógica de los conservatorios de música desatendidos por la administración pública –circunstancia que probablemente sea cierta– y de los grupos de intérpretes locales que a duras penas sobreviven entre el desinterés de nuestra clase política –cosa que también ocurre, aunque en algunos casos se podría hablar justo de lo contrario–, y ya está el cóctel servido. Cóctel molotov, claro. Algunos incluso lo adornan con aquello de que "Barenboim viene a llevárselo calentito" para darle todavía más fuerza.

Por descontado que cada uno es libre de defender el modelo cultural que le parezca más oportuno, como también de admirar a Barenboim o de no hacerlo. Pero lo que no se puede hacer es mentir tan descaradamente como algunas de estas personas lo hacen. Y con semejante maldad. Lo de menos es que, como se ha repetido hasta la saciedad, el de Buenos Aires y su orquesta multicultural no cobren un euro por sus actuaciones. Lo grave es que también ocultan que, además de sufragar los gastos meramente organizativos de los referidos conciertos y de los encuentros que en tiempos pasados venían asociados a los mismos, la Fundación Barenboim-Said hace muchísimas otras cosas con su dinero. Un dinero que va destinado, por ejemplo, a talleres musicales y conciertos en Palestina; a másteres universitarios y clases magistrales que cuentan con la participación de numerosos músicos establecidos en nuestra comunidad autónoma y de algunas estrellas de fama internacional –desde el gran Asier Polo hasta mi odiado Enrico Onofri, por ejemplo–; también cursos de iniciación musical en Andalucía y hasta siete publicaciones en castellano del malogrado Edward Said. En la lista habría que incluir igualmente la Academia de Estudios Orquestales que celebra mañana jueves la clausura de este curso con un concierto en la Sala Joaquín Turina de Sevilla que ahora les quiero recomendar.


Y lo hago por un doble motivo. El primero, valorar con nuestros propios oídos si la labor realizada por la referida academia y sus maestros ha dado sus frutos. La segunda, tener la oportunidad de escuchar al maestro venezolano Manuel Hernández-Silva. He escrito muchas veces sobre él, casi siempre para bien. Le considero una de las mejores batutas asentadas ahora mismo en España. Hace un par de años le escuché una de las dos obras que tocará en este programa, la Cuarta sinfonía de Schumann. Escribí en este blog lo siguiente:
"Más que correcta su interpretación de la Cuarta sinfonía de Schumann, obra difícil donde las haya: la misma tarde del concierto escuché a un director de la categoría de Christian Thielemann estrellarse literalmente contra ella, y pocos días antes comprobé como el gran George Szell no lograba en absoluto ofrecer los admirables resultados que lograba con otras sinfonías del mismo autor.
Hernández-Silva consiguió, al menos en los tres primeros movimientos, encontrar los dos delicadísimos puntos de equilibrios que demanda esta música: entre ligereza y densidad por un lado, y entre fogosidad y vuelo lírico por otro. En el cuarto movimiento la cosa no funcionó tan bien: creo que la transición –que podría haber empezado aún más piano– debería rematar de manera más visionaria, para seguidamente poner fuego (pero fuego controlado, ojo, que muchos se precipitan) donde Hernández-Silva se mostró ante todo fluido y elegante, digamos que excesivamente clásico. Por lo demás hubo en su lectura naturalidad y excelente gusto, siempre teniendo en cuenta que el maestro atendió antes a que la orquesta sonara bien que a ofrecer los numerosos detalles expresivos que demanda esta obra maestra. Lo dicho: más que correcta."
La otra obra va a ser nada menos que la Sinfonía Júpiter. Va a ser difícil superar el nivel de la lectura que ofreció Barenboim con la WEDO recientemente en el Maestranza, pero podría tratarse de una importante recreación, a tenor del Don Giovanni que le escuché en 2006 en Córdoba. Entonces me referí a la suya como "una batuta musical y llena de vida, quizá no muy ominosa en los momentos más visionarios ni especialmente creativa, pero sí perfectamente equilibrada entre los aspectos dramáticos y humorísticos de la partitura, centradísima en el idioma y desbordante de teatralidad, entusiasmo, vuelo lírico y pasión". Añadiría ahora lo que pude conocer más tarde: Hernández Silva tiene una formación vienesa cien por cien. O sea, Mozart-Mozart en la mejor tradición centroeuropea, esa misma que detestan (¡qué casualidad!) algunos de los que con más saña atacan a la West-Eastern Divan. Mi recomendación queda hecha. Y, como estos días trabajo en horario matutino, me podré pasar por allí. Ya les contaré.

PS. Toda la información sobre las actividades de la Fundación Barenboim-Said la he tomado de su web oficial, que les recomiendo consulten para comprobar que no miento.

martes, 27 de junio de 2017

Impresionante Sexta de Mahler con Rattle en Berlín

Tengo previsto escuchar en directo la Sexta sinfonía de Gustav Mahler que va a ofrecer Rattle frente a la London Symphony en el Palacio de Carlos V el próximo domingo. Por eso mismo decidí hace unos días ver la interpretación que de esta partitura mahleriana, sin duda una de las dos o tres más geniales del autor, realizó Sir Simon frente a la Filarmónica de Berlín en junio 2011, disponible en la Digital Concert Hall de la formación alemana. Y quedé profundamente impresionado.



Realmente es difícil ponerle alguna pega a esta soberbia lectura. Puede echarse de menos la atmósfera siniestra que imprimió Barbirolli en su aún hoy referencial registro para EMI, así como el increíble trabajo de disección orquestal que realizó entonces el maestro londinense. También podría añorarse esa mezcla especial de incandescencia, sensualidad y carácter visionario que ofreció Bernstein en su no menos memorable grabación con la Filarmónica de Viena de 1988. He vuelto a escuchar las dos y, efectivamente, ahí permanecen como dos de los más grandes monumentos de la música sinfónica grabada. Pero lo que hace Rattle, menos personal que los citados y sin ese punto de genialidad, es fantástico en todos los sentidos: planificación perfecta tanto en la arquitectura global como en el detalle, tremendo dominio del ritmo, riqueza de color que se diría infinita –siempre con su punto de adecuada incisividad–, brillantez bien entendida… Y ganas, muchísimas ganas.

Es la del maestro británico es una lectura incandescente, llena de verdad, de entusiasmo, de comunicatividad, pero –todo está controlado al milímetro– sin que el ardor llegue al nerviosismo. Rattle trabaja todo el espectro orquestal con trazo fino y sin deseos de epatar al personal por la vía rápida, como hacen otros directores famosos. Todo ello con una perfecta comprensión de la música del compositor, ofreciendo tragedia en grandes dosis, también sentido épico, pero atendiendo asimismo a su particular humor grotesco, a su aliento vital, a lo que de luminoso y de amor por la vida tiene también esta partitura, y al enorme vuelo lírico de un Andante moderato –aquí en segundo lugar– emocionante a más no poder y con esa pizca del decadentismo que sin duda necesita. De melifluidad, de narcisismo y de caídas en lo otoñal no hay ni rastro ni en este movimiento ni en el resto de la interpretación, que consigue un perfecto equilibrio entre todas las facetas del universo mahleriano con la absoluta complicidad de una orquesta en estado de gracia en la que cada una de las intervenciones solistas, aquí fundamentales, son una verdadera lección de virtuosismo y acierto expresivo.

En fin, una Sexta de Mahler no solo superior a la ya espléndida de Daniel Harding con la misma orquesta aquí comentada, sino solo un paso por detrás de las citadas de Barbirolli y Bernstein. Una pena que la toma sonora no llegue a recoger toda la gama dinámica que la obra demanda. En cuanto al concierto de Granada, las expectativas por mi parte no pueden ser más elevadas. Otra cosa será el programa del lunes: de una Segunda de Brahms por Rattle me fío poquísimo.

lunes, 26 de junio de 2017

Simon Rattle dirige Tosca

Tengo previstas tres citas en directo con Sir Simon Rattle, dos en Granada y una en el mismísimo Barbican Hall, en todas las ocasiones con la London Symphony a su frente. El largamente ansiado encuentro me ha obligado a hacerme por fin un hueco para ver en la Digital Concert Hall la Tosca que el maestro británico ofreció el pasado 22 de abril con la que todavía es su orquesta, la Filarmónica de Berlín, en la Philharmonie de la capital alemana, unos días después de que los mismos conjuntos –con idéntica soprano, no así los protagonistas masculinos– representaran escénicamente la magistral creación de Giacomo Puccini en el Festival de Pascua Baden-Baden.


Aunque pronto podremos ver en la misma plataforma la citada versión teatral, encuentro preferible quedarme con la función en concierto. Por dos razones: librarme de una de esas puestas en escena modernas que cada día me molestan más –está enterita de manera corsaria en YouTube–, y poder ver –además de escuchar– cómo los miembros de una orquesta se encargan de la partitura, y por ende reparar aún más y mejor en la increíble orquestación pucciniana. Además, pocas veces o nunca –Karajan la grabó con esta misma formación y con la Filarmónica de Viena– se habrá escuchado esta ópera aún mejor tocada que en esta oportunidad, con una perfección absoluta y con unas intervenciones de solistas instrumentales de una musicalidad para quitar el hipo. Tampoco se queda precisamente corto el Coro de la Radio de Berlín en el fundamental Te Deum.

Otra cosa es la labor de Sir Simon, en todo momento gran director pero ajeno a este universo sonoro. Su dirección alcanza la excelsitud en los momentos más claramente teatrales del drama, llenos de vida, de carácter descriptivo y de garra, trabajados además con pinceles muy finos y enorme sensibilidad para el color y las texturas; el enfrentamiento entre Tosca y Scarpia, el arranque del último acto y la escena del fusilamiento son magníficos. Rattle resulta discutible, por el contrario, en aquellos pasajes donde tiene que desplegar ese sentido de la melodía característicamente pucciniano, esa voluptuosidad y esa particular carnalidad que esta música demanda: en esos casos o bien se queda corto, o se le va la mano en el refinamiento e incurre en alguna blandura, sin llegar nunca a destilar la poesía no solo hermosa –el británico despliega belleza a raudales–, sino también intensa que emana de los pentagramas. Tampoco me termina de convencer cómo interpreta en los metales el tema de Scarpia –demasiado rápido–, ni me parece a la altura de las circunstancias un Te Deum que empieza algo liviano y no se desarrolla con esa grandeza opresiva que le conviene.

Kristine Opolais es una muy buena intérprete del rol titular: voz oscura, homogénea y bien manejada, al servicio de una recreación bastante centrada en lo expresivo, no muy italiana que digamos pero ajena a efectismos más o menos veristas, lo que no le impide estar atenta al contenido del texto; repárese, por ejemplo, en cómo “ordena morir” a Scarpia, o en la carnalidad llena de pliegues psicológicos de sus dúos con Cavaradossi sin que estos signifiquen convertirla poco menos que en una diva caprichosa, en una histérica o incluso en una esquizofrénica, idea que en manos de algunas intérpretes puede ser muy atractiva –pienso en la Malfitano– pero que a estas alturas resulta demasiado vista. Su Floria es una mujer sinceramente enamorada: nada más, y nada menos. Lástima que su notable “Vissi d’arte” no llegue a la excelsitud: algunos recursos belcantistas adicionales no le hubieran venido nada mal. En cualquier caso, la señora esposa de Andris Nelsons posee otras dos importantes armas para enfrentarse al rol: un enorme atractivo físico y un considerable talento como actriz. Su éxito entre el público de la Philharmonie es colosal.

Stefano La Colla cuenta con la ventaja de ser italiano –por dicción y por línea de canto– pero posee una voz desigual, resplandeciente en el agudo y con escaso peso en el grave. Expresivamente no es gran cosa. Va de menos a más, desde un “Recondita armonía” que pasa sin pena ni gloria hasta un acto tercero en todo momento admirable, cantado con propiedad y exquisito gusto; en el enfrentamiento con Scarpia no se le nota sufrir mucho, pero sus “Vittoria” son de los que gustan al personal. Lo menos bueno, su escasísima valía en el plano teatral, circumstancia que en versión de concierto tampoco importa demasiado.

A Evgeny Nikitin –a quien disfruté mucho en directo el año pasado en Múnich protagonizando El ángel de fuego– como Scarpia no hay por donde cogerlo. Su voz truculenta puede valer para el personaje, y desde luego escenifica bastante bien –con gran dosis de repugnancia– al detestable barón, pero su canto es pedestre, vulgar e incluso basto, desde luego nada pucciniano, y si en el primer acto al menos da las notas y ofrece empuje, su enfrentamiento con Floria Tosca es todo él un catálogo de horrores canoros. Malo el Spoletta de Peter Tantsits, digno el sacristán de Maurizio Muraro y excelente el carcelero de Walter Fink. En cualquier caso, una Tosca con suficientes cosas de interés.

sábado, 24 de junio de 2017

Concierto para violín de Sibelius: discografía comparada

Sobre un irreal trémolo de las cuerdas con sordina se va elevando, tímidamente, un tan hermoso como desgarrado lamento de violín. Tras una serie de acrobacias en la mejor tradición del concierto romántico, una orquesta de sonoridad oscura y potente termina de establecer el carácter trágico y no poco rebelde de lo que se va a escuchar. Algunos podrían pensar de manera inmediata en un territorio vasto y desolado, sin rastro de la presencia humana. Y en ese momento se pregunta uno si tiene sentido la afirmación tantas veces repetida según la cual esta soberbia página, como el resto de la producción sinfónica del autor, no es sino la plasmación musical de los paisajes de su Finlandia natal.



Por un lado, las investigaciones musicológicas apenas encuentran rasgos del folclore finlandés en su obra. Más bien, dada la falta de tradición musical en Finlandia y la formación de Sibelius, es perceptible la influencia tanto del denso romanticismo germano como del encendido, trágico y a veces grandilocuente lirismo de Tchaikovsky. Al menos en la primera de las dos etapas que se distinguen en su trayectoria creativa, la cual culmina precisamente en este concierto; a partir de la Tercera Sinfonía su estilo se hará más austero, concentrado y personal.

Por otro, e independientemente del hecho de que Sibelius fuera un nacionalista convencido, se percibe un aliento profundamente nórdico en su música, como en la del noruego Grieg o el danés Nielsen, que efectivamente nos podría traer a la mente paisajes fríos, extensos y desolados, habitados por almas recias y curtidas de gran potencia interior

Para complicar aún más este problema podemos acudir a la descripción que el propio Sibelius realiza del tercer movimiento de la obra estrenada en 1903 bajo su propia dirección y luego sustancialmente revisada: "una danza macabra a través de los páramos de Finlandia". Sí, en esto no hay duda: el dolor y la rebeldía del primer movimiento, y la desolada melancolía del segundo, sólo podían conducir al frenesí de la danza última: tal como ocurre en El Séptimo Sello, del sueco (¡qué casualidad!) Ingmar Bergman

¿Una danza macabra? ¿A través de los páramos de Finlandia, o quizás de los del corazón? De momento dejémoslo en la Muerte, simplemente.

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Las líneas anteriores las escribí –ahora han sido parcialmente modificadas– hace ya dieciocho años para unas notas al programa. Queda claro que son reflexiones muy personales. Quizá demasiado. Desde entonces mi manera de entender la obra no ha cambiado mucho, pero lo cierto es que en fechas recientes Lisa Batiashvili casi ha logrado convencerme de que la partitura se puede interpretar igual de bien desde una óptica apolínea, sin necesidad de subrayar aristas ni de caer en el desgarro emocional, concediendo amplio espacio a la belleza formal y al poder evocador de la música. O sea, justo lo contrario de lo que hacía mi violinista todavía hoy favorito en esta obra maestra, Pinchas Zukerman. Maxim Vengerov, tercero en discordia a la hora de disputarse el podio en esta partitura dificilísima de tocar e interpretar, supondría un perfecto punto de equilibrio entre ambos enfoques. Los tres, curiosamente, contaron con la complicidad de Daniel Barenboim en el podio. Un Barenboim ya admirable en los años setenta pero considerablemente más maduro en la última de sus grabaciones. Adelanto al lector que esas tres son, para quien esto suscribes, las claras referencias.




1. David Oistrakh. Sixten Ehrling/Orquesta del Festival de Estocolmo (EMI-Testament, 1954). Resulta difícil ponerle pegas a este violín recio, viril, ardiente a más no poder pero siempre controlado, de una rusticidad muy adecuada para una obra como esta y en todo momento dispuesto a poner de relieve los aspectos más tensos y rebeldes de la partitura. Y lo logra como pocos lo han hecho. Sin embargo, hay que reconocer que, entregado por completo al dramatismo, el enorme violinista ruso no termina de sintonizar con la vertiente más lírica de la obra, echándose de menos mayor dosis de sensualidad, de poesía y de fuerza evocadora para redondear su, en cualquier caso, impresionante acercamiento. El joven maestro sueco –treinta y seis años– sintoniza con la visión del solista para lo bueno y para lo menos bueno, ofreciendo un acercamiento muy escarpado pero de escaso vuelo poético, amén de más atento al trazo global que al detalle. La toma sonora, monofónica, ha resistido bien el paso del tiempo. (7)



2. Heifetz. Hendel/Sinfónica de Chicago (RCA, 1959). Tocar, lo que se dice tocar, es difícil hacerlo mejor que como lo hizo aquí el celebérrimo violinista de origen lituano, con un sonido de extraordinaria firmeza y sorteando cualquier escollo técnico de la endiablada partitura. Pero interpretar… Literalmente, la interpretación no existe. Su fraseo es mecánico, aséptico, anodino. Hay tensión en su fraseo, sí, pero esa tensión no va en ninguna dirección expresiva. Ni dolor interno, ni rebeldía, ni nostalgia, ni lirismo más o menos contemplativo. Nada de nada. La dirección de Walter Hendl es todo lo vistosa que le permite la formidable Chicago Symphony, pero resulta no menos superficial que la intervención del solista. La toma sonora en SACD de tres canales, impresionante pese a faltarle un punto de gama dinámica. (5)



3. Ferras. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). Sin ser su virtuosismo el mayor posible, resulta admirable el violín, de sonido bello y carnoso, gran variedad expresiva y apreciable aliento lírico, sin llegar al carácter doliente y la tensión extrema de otros colegas. Karajan ofrece una dirección de enorme belleza y sonido opulento, siempre sensual y poderosa, rocosa en su grado justo, pero mirando antes a la dimensión romántica del autor que a la expresionista, y por ende no muy electrizante ni encrespada. Así las cosas, lo mejor es un formidable segundo movimiento y lo menos conseguido un tercero trazado con naturalidad y poesía, pero sin el carácter bronco, obsesivo y demoníaco, de danza macabra, que aquí resulta tan atractivo. Muy buen sonido en la última remasterización. (9)



4. Perlman. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1966). Veintiún añitos contaba Perlman cuando realizó este registro, dejando a todo el mundo patidifuso por su enorme capacidad técnica para enfrentarse a una obra semejante. Por desgracia, ya desde los primeros compases se aprecia que le queda aún bastante para madurar su acercamiento: sin ser tan mecánico como Heifezt y mostrando ya un temperamento adecuadamente dramático, el joven violinista israelí frasea de manera muy supeficial, a veces con nerviosismo y casi siempre pasando por encima de las posibilidades poéticas que le plantea esta música. No le ayuda precisamente la no menos despistada dirección de un Leinsdorf más bien ajeno al espíritu de la partitura. En cualquier caso, la interpretación va de menos a más, desde un primer movimiento flojísimo por parte de solista y batuta hasta un tercero muy correctamente encaminado. (7)



5. David Oistrakh. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la URSS (BMG-Melodiya, 1968?).  De nuevo nos encontramos aquí ante un violín recio, viril, ardiente pero siempre controlado, de una rusticidad muy sana y muy adecuada, también muy cantable y de honda belleza, aunque poco dado a la ternura y la sensualidad lírica. Ahora cuenta con una dirección más interesante que la de Ehrling: bronca, hosca, muy dramática, mirando más al futuro que al pasado del compositor. La interpretación pierde puntos por la orquesta, que se queda corta. La toma sonora, en estudio, es mejor de lo que se podía esperar. (9)



6. Chung. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). En la primera de sus tres grabaciones de la página, André Previn demuestra gran sintonía con el idioma de Sibelius ofreciendo una recreación adecuadamente tensa, poderosa y escarpada, situada en el punto justo entre la tradición romántica y el lenguaje maduro del autor en el que la partitura, por su cronología, se encuentra situada, y todo ello lo hace demostrando sinceridad expresiva y la excelente capacidad de concertación que ya le conocemos, aunque todavía sin terminar de profundizar en las notas, e incluso mostrándose un poco menos concentrado de la cuenta. Quizá por eso la violinista coreana, en su deslumbrante debut discográfico con tan solo veintidós años de edad, no logre tampoco redondear su lectura mayormente lírica, más cantable que doliente, bellísima en cualquier caso, aunque resulte imposible no caer rendidos de asombro ante su deslumbrante exhibición de virtuosismo. Y tampoco vamos a negar que carezca de temperamento cuando quiere hacer gala de éste: el último movimiento posee una garra irresistible. La toma sonora, ofreciendo gran equilibrio de planos y una buena gama dinámica, deja en evidencia su edad. (8)



7. Zukerman. Barenboim/Filarmónica de Londres (DG, 1975). El de Buenos Aires ofrece una dirección tan atractiva como discutible: rabiosa y muy escarpada, llena de tensión, en ese sentido más juvenil que madura, pero en cualquier caso sincera y con mucha fuerza. Lo asombroso de este registro, en cualquier caso, es un Pinchas Zukerman intensísimo y visceral, lleno de imaginación, de teatralidad y de sentido de los contrastes, capaz de volar con lirismo y de ser ensoñado pero, sobre todo, atento a la dimensión más amarga y rebelde de la página. El resultado, una interpretación de una inmediatez, una intensidad y un dramatismo impresionantes, pero sin que se resientan la arquitectura ni la belleza sonora: todo está bajo control. A mi entender, todavía hoy es la número uno. La toma sonora es francamente buena para la época. (10)



8. Kremer. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (RCA, 1977). Tras un arranque sin suficiente concentración ni poesía, sorprende muy gratamente encontrarse ante un Gidon Kremer –treinta años– no solo con un sonido menos gatuno de lo que en él va a ser habitual, sino también resplandeciente en el agudo, fluido a más no poder en el fraseo y muy centrado en lo expresivo, y si bien es cierto que en el primer movimiento no va a lograr cogerle el pulso poético a la obra, en el segundo ofrece una recreación sincera, intensa y comunicativa a más no poder, la propia de un violinista de primera categoría. Desdichadamente en el tercero aparece el Kremer que todos conocemos, arañando la música con sonoridades poco gratas y ofreciendo excentricidades diversas en plan exhibicionista. Quizá por no contar esta vez con una orquesta rusa sino con la London Symphony, la dirección de Rozhdestvensky –quien asimismo alcanza su mayor inspiración en el Adagio– resulta mucho menos bronca y escarpada de la que ofreció junto a Oistrakh. Espléndida la toma. (8)



9. Perlman. Previn/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 1979). Tan solo ocho años después de su registro con la Chung, Previn redondea su aproximación tomándose las cosas con un poco más de calma, moderando los tempi al mismo tiempo que añade una dosis extra de vuelo lírico e intensidad dramática: la fuerza que adquiere el gran clímax del segundo movimiento resulta muy emotiva. Perlman, muchísimo más maduro que en su primera aproximación, es ya el gran Perlman, y sin lugar a dudas resulta más adecuado para esta obra que la Chung, tanto por lo afilado de su sonido como por su personalidad particularmente encendida y visceral, lo que no le impide someter en todo momento las pasiones al más absoluto control técnico. Ofrece así una lectura ante todo doliente y rebelde, cargada de sentido trágico, desdichadamente sin la belleza sonora y la hondura contemplativa de las recreaciones de otros colegas, pero impactante en lo expresivo y en perfecta sintonía con la batuta. La remasterización HD la hacen sonar bastante mejor que la de Previn con Chung. (9)


 

10. Mullova. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1985). El suntuoso sonido de la orquesta norteamericana, al mismo tiempo aterciopelado y oscuro, en principio ideal para esta partitura, es lo único remarcable dentro de una lectura a todas luces decepcionante en la que dos grandes artistas se encuentran como pez fuera del agua. Ni por sonido –hermoso pero poco denso– ni por temperamento –ajeno a tensiones y conflictos– la Mullova es capaz de hacer justicia a la mezcla de poesía y dramatismo que exige la obra, mientras que el siempre refinado y elegante Ozawa parece preocuparse tan solo de ofrecer grandes sonoros –y su habitual exquisitez para el color– sin profundizar en las asperezas de la página. Tanta blandura por parte de uno y de otro termina irritando. (6)


 

11. Kennedy. Rattle/Sinfónica de Birmingham (EMI, 1987). En contra de lo que se podía esperar de un violinista tan comercial y de un director aún por madurar, lo que aquí encontramos es una muy hermosa versión de trazo claramente lírico, muy sensata y muy musical, aunque un tanto escasa de temperamento, de garra y de carácter, sobre todo en un tercer movimiento más bien descafeinado. Esto no le impide a Rattle, en cualquier caso, ofrecer un notable clímax dramático hacia el final del primer movimiento; en la conclusión de la obra, por desgracia, se precipita innecesariamente. (8)


 

12. Shaham. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1991). Hay que descubrirse ante la tremebunda exhibición técnica del joven violinista estadounidense (¡veinte años, uno menos que Perlman cuando grabó por primera vez la partitura!) en una partitura tan endiablada como esta. ¡Qué sonido más hermoso, qué homogeneidad, qué afinación! ¡Qué manera de resolver con pasmosa facilidad los pasajes más endiablados! ¡Qué habilidad para moverse entre los pianísimos más sutiles y el enfrentamiento con la masa orquestal! Por si fuera poco, en lo expresivo demostraba ya ser un artista comprometido, sincero, alejado de la mera exhibición y dispuesto a hurgar en los aspectos más dramáticos de la música, aunque es necesario reconocer que no termina de redondear su acercamiento, sobre todo en un segundo movimiento con tremendos picos de tensión pero algo ajeno a la sensualidad, la ternura y la emotividad lírica que asimismo alberga. Tampoco la tremenda cadenza del primer movimiento resulta del todo aprovechada. A Sinopoli le pasa un poco lo mismo: la labor técnica es colosal y el enfoque resulta adecuadamente escarpado, pero hay más vistosidad que hondura en su, en cualquier caso, muy notable acercamiento. La toma sonora es sensacional, una de las mejores que haya recibido esta página. (8)




13. Mutter. Previn/Staatskapelle de Dresde (DG, 1995). En su tercera y última aproximación discográfica, el ya anciano Previn se pone al frente de una orquesta soberbia –maravillosamente recogida por los ingenieros de Deutsche Grammophon– para ofrecer una lectura de enorme depuración sonora, muy bella y con frecuencia minuciosa –se escuchan detalles generalmente desaprecibidos– que alcanza un perfecto equilibrio entre lo poderoso –sin resultar muy escarpado– y lo poético en una demostración no de genialidad, pero sí de plena madurez; el clímax del Adagio vuelve a estar muy bien construido, siempre haciendo gala de una muy natural planificación de las tensiones. El problema está en la que iba a ser en el futuro su señora esposa. Mutter es dueña del sonido violinístico más bello jamás escuchado y de una técnica insuperable, pero aborda la página oscilando entre un preciocismo narcisista proclive al amaneramiento y, en el extremo opuesto, un temperamento dramático algo artificioso, no del todo creíble. Entre un polo y otro, ofrece pasajes admirables en los que sabe aunar cantabilidad y carácter emotivo derrochando un lirismo de la mejor ley. Desconcertante. (7)



14. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1996). Veintiún años después las cosas han cambiado y Barenboim, aunque sabe ser poderoso cuando debe –tremenda la garra de los clímax– y aprovecha el tercer movimiento para hacer gala de su siempre desarrollado sentido de lo trágico, se muestra menos escarpado, quizá también menos vehemente, al tiempo que más atento al vuelo lírico –Adagio algo más lento y mejor paladeado–, más dado a la reflexión y más profundo. Más maduro, en definitiva, aunque se pueda preferir el enfoque más inmediato de la anterior ocasión. La orquesta aporta, además de virtuosismo en grado superlativo, una sonoridad oscura y densa en la cuerda grave que el director aprovecha de maravilla. Por su parte, el entonces joven Vengerov sabe encontrar el punto perfecto de equilibrio entre la calidez humanista de la vertiente lírica de la página y el dolor y la tensión interna que asimismo demanda la partitura; sin necesidad de acentuar ninguno de los dos extremos, pero mostrándose conmovedor en grado extremo. Todo ello lo hace, además, con un sonido carnoso y de enorme belleza, una agilidad incontestable y un fraseo de enorme concentración. Lástima que la toma sonora, como tantas realizadas por Teldec en el Orchestra Hall de Chicago por aquellos años, resulte algo turbia y difusa, aunque a cambio ofrezca una amplia gama dinámica. (10)



15. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997). De nuevo impresionante el violín, de sonido firme y bellísimo, un punto aristado, fraseando con una intensidad doliente fuera de lo común, también con hondura y reflexión en el segundo movimiento y con su pizca de humor en el tercero, siempre dentro de un enfoque sobrio y dramático, poco dado a las ensoñaciones poéticas, pero no precisamente escaso de cantabilidad. El mismo enfoque es el de la batuta, intensa y poderosa, que hace sonar a la portentosa orquesta de manera particularmente bronca y oscura, mirando hacia el Sibelius maduro antes que al juvenil en esta obra de transición. Eso sí, en algún clímax resulta un punto nerviosa, muy escarpada pero sin toda la grandeza opresiva posible: quizá la grabación que los mismos intérpretes hicieron en disco sea un poco mejor. La toma sonora se beneficia de la acústica extraordinaria de la Philharmonie de Colonia, pero posee un punto de distorsión que la hace algo áspera. (9) 



16. Tetzlaff. Dausgaard/Sinfónica de la Radio Nacional Danesa (Virgin, 2002). Queda claro que el violinista de Hamburgo posee destreza digital sobrada para abordar esta obra, pero su sonido pequeño y bonito no parece el más adecuado para la misma –necesita más carne–, ni su expresividad termina de resultar comprometida, pareciéndose interesar más por la belleza sonora y la elegancia –arranque tan apolíneo y luminoso como falto de garra– que por el mundo de tensiones que anida en la partitura. Tampoco Dausgaard, en todo momento correcto, parece dejar volar su inspiración, mostrándose un tanto insípido en los pasajes líricos y más nervioso que desgarrador en los dramáticos. Tampoco se preocupa mucho de matizar las diferentes líneas del entramado orquestal ni de graduar las tensiones. La toma sonora es buena, pero solo eso. (7)

 

17. Khachatryan. Emmanuel Krivine/Sinfonia Varsovia (Naive, 2003). Aquí se bate el récord de Shaham: el violinista armenio graba la obra a sus dieciocho años. Pasmoso. Pero ocurre lo que tenía que ocurrir: si bien es cierto que muestra una tremenda agilidad, su sonido no es del todo poderoso y su enfoque no todo lo tenso que debería; incluso algún pasaje resulta un pelín blando. Siendo su interpretación globalmente notable, Khachatryan no era todavía el genial artista que es a día de hoy. No le ayuda una batuta muy solvente pero un tanto plana e impersonal. Toma sonora con relieve pero turbia e incluso con distorsión en los tutti. Esperemos que Khachatryan tenga en el futuro una nueva oportunidad para dejar testimonio de su visión de la partitura. (7)



18. Kraggerud. Engeset/Sinfónica de Bournemouth (Naxos, 2003). Siguiendo la tónica habitual en el sello Naxos, lo que aquí se nos ofrecen es una interpretación más que digna, pero solo eso, a cargo de artistas desconocidos en toma sonora notable sin más (ni siquiera en el SACD multicanal, que es lo que he escuchado). En este caso nos encontramos con un violinista, Henning Kraggerud, de sonido no ya pequeño sino un punto canijo, que toca bastante bien y se muestra sensible dentro de un enfoque fundamentalmente lírico –no puede permitirse otra cosa–, y ante un director, Bjarte Engeset, que dirige con solvencia y cierta prisa en el tercer movimiento, pero sin demostrar especial interés por desmenuzar la partitura ni derrochar mucha inspiración. Prescindible. (7)



19. Hahn. Salonen/Radio Sueca (DG, 2007). Resulta muy atractivo el enfoque tenso, austero, dramático y escarpado por parte de los dos artistas, ajenos a cualquier devaneo sonoro, pero se echan de menos vuelo lírico, calidez humana y emotividad. En cualquier caso, hay que quitarse el sombrero ante la exhibición de técnica que realiza la violinista norteamericana. La grabación podría ser mejor. (8)





20. Zjnaider. Juraj Valcuha/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Nos encontramos aquí ante un violinista de sonido no muy potente pero sí robusto, capaz de adelgazarlo hasta el límite sin perder solidez, amén de pletórico de agilidad y poseedor de una amplia gama de colores, abordando la partitura en una línea introvertida pero de enorme tensión interna, muy doliente, en absoluto narcisista o ensoñado. Dirección sobria, rocosa, sin concesiones frente a una orquesta increíble. Resultado, una importantísima interpretación. (9)


 

21. Esther Yoo. Ashkenazy/Philharmonia (DG, 2014). Violinista de sonido hermoso y gran técnica que ofrece una interpretación lírica y luminosa en el buen sentido, es decir, en absoluto blanda ni meramente contemplativa, pero que se queda corta a la hora de desplegar el sentido dramático y la emotividad intensa de esta obra. Es decir, lo mismo que le había ocurrido antes a otros colegas. Por su parte, y aun sin terminar de sintonizar con la partitura, Ashkenazy demuestra, muchos años después de su magnífica integral sinfónica para Decca con esta misma orquesta, seguir sintonizando perfectamente con el idioma de Sibelius, tratándolo en el punto justo de equilibrio entre romanticismo tardío y modernidad, evitando la tentación de quedarse en la belleza epidérmica y sabiendo hacer que suena hosco, poderoso y hondo sin necesidad de forzar las cosas. Muy buen sonido HD, pero hay un poco de soplido o de ruido electrónico que no soy capaz de identificar. (8)



22. Kavakos. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, Atenas, 1 mayo 2015). El violinista griego posee un sonido robusto y un punto rústico, en absoluto almibarado, que le sienta de maravilla a la obra. Sin embargo, su interpretación no termina de conectar con el espíritu de la misma, resultando adecuadamente escarpada y doliente mas no del todo cálida, ni humanística, ni tierna, que también debe serlo. En cualquier caso, va de menos a más, y tras un excesivo distanciamiento el primer movimiento se va calentando hasta alcanzar un clímax muy escarpado y, a partir de ahí, mantener un nivel sostenido. Rattle hace sonar a la orquesta con la adecuada suntuosidad, pero tampoco se encuentra demasiado metido en la partitura, a la que ve quizá con excesivo carácter contemplativo, y solo llega a interesar realmente cuando ofrece asombrosas ráfagas de electricidad en el movimiento conclusivo. (8)


 

23. Batiashvili. Barenboim/Staatskapelle Berlín (DG, 2016). Violín de sonido muy hermoso, quizá excesivamente lírico, ofreciendo una interpretación de maravillosa cantabilidad que quiere ser ante todo contemplativa y evocadora. Es decir, lo mismo que ya intentaron muchos otros con anterioridad sin lograr redondear los resultados. Pero esta vez las cosas funcionan de maravilla: además de lo dicho, la violinista georgiana sí que se muestra muy atenta a los aspectos dolientes de la partitura y a su marcado carácter trágico, sabiendo ofrecer tensión interna, acentos lacerantes y apasionamiento bien controlado, aunque haciéndolo sin necesidad de subrayar asperezas, extremar los contrastes expresivos ni caer en el desgarro, sino más bien alcanzando un equilibrio con la extrema belleza formal de la propuesta. Una aproximación apolínea, en definitiva, pero por completo convincente, en magnífica sintonía con un Barenboim que desde los tiempos de su grabación con Zukerman conoce a la perfección el dolor que se esconde tras las notas, pero que en esta más reciente fase de su carrera sabe asimismo ser esencial y ofrecer un lirismo concentrado y esencial de altísimo vuelo poético. Impresionante la Staatskapelle berlinesa, a la que el maestro hace sonar de manera poderosa y escarpada ideal para Sibelius. Una toma soberbia redondea un disco (¡menudo Tchaikovsky!) imprescindible. (10)