miércoles, 5 de julio de 2017

Rattle y la London Symphony en Granada (I): Sexta de Mahler

Dos conciertos de Sir Simon Rattle y la London Symphony Orchestra en el Palacio de Carlos V de Granada, dentro de la edición nº 66 del Festival de Música y Danza. Tengo muchas cosas que decir, así que en esta entrada me limito al primero de ellos: Sexta sinfonía de Mahler la noche del domingo 2 de julio.

Para empezar, ¿cómo anda la orquesta de la que pronto Sir Simon se va a convertir en nuevo titular? Muy bien, gracias. Pero no es la Filarmónica de Berlín. La LSO puede presumir de ser la mejor orquesta británica, y sin duda se puede contar entre las diez mejores de Europa, pero no posee la altura de las tres más grandes, obviamente Concertgebow, Filarmónica de Viena y la citada formación berlinesa. No me refiero a tanto a una cuestión técnica como a la personalidad del sonido global y, sobre todo, a la musicalidad de sus solistas. Tengo la sensación de que la época del mediocre Gergiev ha dejado a sus miembros un poco descolocados, trabajando por inercia más que otra cosa; y también me da en la nariz de que con Rattle eso se va a arreglar pronto, de que el enorme entusiasmo de las ideas musicales y extramusicales del de Liverpool va a hacer que todos den lo mejor de sí mismos.


Dicho esto, se puede puntualizar un poco. En ambos conciertos estuve en la fila tres del patio de butacas –no hubo manera de conseguir una entrada arriba, que es donde mejor se escucha– y noté cierta falta de empaste en los violines, circunstancia que podría deberse a la acústica desde mi posición: tengo previsto escucharles la semana que viene en el Barbican Hall en mucho mejor ubicación, así que ya les contaré si la impresión se confirma o desaparece. Ciertamente hubo algún despiste en uno de los pasajes más tempestuosos del primer movimiento de la sinfonía mahleriana entre los primeros violines, entiendo que por completo disculpable. Y confieso que el serbio Gordan Nikolitch, según mi apreciado José Antonio Cantón (leer crítica) uno de los mejores concertinos del mundo, no me pareció nada del otro jueves. Sí me gustaron mucho los violonchelos, de muy hermoso sonido, como también los contrabajos. La madera me pareció francamente buena. Y por completo sensacional el metal, con algunos solistas increíbles: trompa y tuba son para ponerles un monumento. Aun con los reparos expuestos, escuchar una orquesta así en directo supone un verdadero lujo para el oído.

Sexta de Mahler. A ver, hace poco puse por las nubes la interpretación del mismo director con la Filarmónica de Berlín. Esta me ha gustado un poco menos. Solo un poco. En parte por la, como digo, no tan increíble calidad de la orquesta. Y en parte porque en los últimos días he vuelto a escuchar interpretaciones o escuchado por primera vez algunas otras versiones discográficas. Y con todas ellas en mente puedo valorar con mejor perspectiva el acercamiento del maestro británico, irregular mahleriano que en este repertorio a veces fracasa –Segunda–, a veces se queda a mitad de camino –Quinta– y a veces triunfa, como es el caso de la obra que nos ocupa. Cierto es que Rattle raramente se interesa por el lado más dramático de la música, pero con esta obra parece tener una especial sintonía: trazo finísimo –imposible olvidar el bodrio de esta misma orquesta con Gerviev–, nada de ingravideces ni de amaneramientos, explosiones sonoras tan espectaculares como controladas y una enorme dosis de frescura y comunicatividad distinguen su acercamiento.

Así las cosas, Rattle ofreció un primer movimiento magnífico. No muy atmosférico ni ominoso, pero sí adecuadamente épico, sabiendo no confundir a este carácter con lo jubiloso –error de varios directores, entre ellos el mismísimo Bernstein en la más antigua de sus grabaciones– y dotándolo de un enorme sentido de la continuidad. El Andante moderato –en segunda posición– estuvo cantado y sonado con gran belleza; otra cosa es que a mí me gusten visiones más agónicas que líricas, y lo que hiciera Rattle fuera decantarse más bien por lo segundo. Por otra parte, su gran clímax me pareció más nervioso que intenso, vehemente más no muy visionario. Muy notable el Scherzo, poco personal y quizá no tan enérgico como el de Berlín –que estoy volviendo a escuchar mientras escribo estas líneas–, pero sí muy atento a la variedad expresiva que encierra. Además, estuvo impecablemente desmenuzado: el virtuosismo de las maderas de la LSO quedó bien en evidencia.

Lo mejor de la interpretación, en cualquier caso, vino con ese genial último movimiento que marca una de las cimas de toda la creación sinfónica universal. Aquí el maestro supo hacer gala de vehemencia, de empuje y de garra dramática bajo un perfecto control de los medios –su técnica de batuta es colosal–, sin caer en precipitaciones y haciendo gala de riquísimas e incisivas texturas bien remachadas por esos dos golpes de martillo que ningún subwoofer del mundo es capaz de reproducir. Únicamente, por poner una pega, me hubiera gustado un clímax final –ése donde iría el tercer golpe de martillo– un poco más tremendo, y una coda aún más ominosa. ¿Del uno al diez? Un nueve para esta interpretación. O sea, algo muy difícil de presenciar en directo. Éxito colosal.

Se me olvidaba: aunque para la acústica sea un problema, ¡qué gustazo tener a Rattle a solo unos metros y disfrutar de su bellísima, entusiasta y comunicativa gestualidad!

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